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McCabe & Ms Miller / Robert Altman / USA / 1971

Un tracking shot revela lentamente el boscoso entorno. La lente de Vilmos Zsigmond captura, con una patina sobre expuesta, una brumosa desolación paralela al sentir de un atribulado Warren Beatty. Los créditos se suceden al ritmo del Stranger Song de Leonard Cohen. La complejidad narrativa y estética de Robert Altman encuentra el maridaje perfecto en las músicas del poeta canadiense. Solo tres canciones y un filme orquestado en torno a ellas. Es el antiwestern McCabe & Ms Miller. El año 1971.

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t r o g l o d y t e s

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Bone Tomahawk / S. Craig Zahler / USA / 2015

A finales del siglo XIX mientras en Francia los Lumière realizaban filmes sin pretensiones narrativas o estéticas que en gran parte prefiguraban al documental (a fin de cuentas documentaban acciones, costumbres, formas de vida, convencionalismos) o Méliès rodaba actos de ilusionismo convirtiendo al cinematógrafo en una herramienta para sus funciones de magia, en los Estados Unidos de América Thomas Alva Edison fundaba el primer estudio de la historia (Edison Studios) con el fin de  producir y filmar proyectos de ficción que ellos mismos proyectarían y distribuirían. Edison, astuto hombre de negocios, ya visualizaba al cine como un negocio redondo que exprimiría con la realización de más de mil cortometrajes, sucumbiendo hasta la segunda década del siglo XX ante diversos factores como las acusaciones (fundadas) de monopolio, el golpe económico de la primera guerra mundial, y la fuerte competencia en especial de las productoras que terminarían asentándose en California en ese lugar adyacente al Valle de San Fernando llamado Hollywood.

Buscando el espectáculo y el entretenimiento, los primeros filmes de los Edison Studios versaban sobre actos circenses: acrobacias, malabares, stunts. Muchos de ellos asociados con una incipiente identidad americana que tomaba fuerza rápidamente (actos con pistolas y rifles, espectáculos de rodeo, imaginario del lejano oeste). A principios del siglo XX y ante la necesidad de seguir acaparando el mercado, se lanzaron de lleno a los filmes narrativos buscando establecer estereotipos identificables de la mano de heroicas proezas. Aquí es donde surge el arquetipo perfecto, el cowboy, una suerte de capataz rubio, fuerte y bronceado que controlaba el ganado y protegía sus tierras, mientras su piel se curtía una hermosa mujer lo esperaba en casa con la comida caliente. Los malvados, estereotipos también, serían cualquiera ente que atentara contra su patrimonio: los ladrones, forajidos y forasteros que envidiaran sus pertenencias bien habidas o los indios (nativos americanos) que reclamaran sus tierras. Estos filmes se presentaban como la personificación de los miedos de la sociedad clasemediera anglosajona pero también como la salvación y heroica destrucción de estos. Así nacería el western, el género norteamericano por excelencia.

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Desde el considerado primer trabajo del género The Great Train Robbery (Edwin S. Porter, 1903) producido por Edison (y referente obligado en lo estilístico, técnico, narrativo y actoral) ya se establecían arquetipos como el sheriff valiente y heroico, los malvados asaltantes o el tren como contenedor del tesoro; y situaciones como las persecusiones y el climático tiroteo final. Pero el gran momento del western no llegaría sino hasta la mitad del siglo con los clásicos de John Ford y Howard Hawks, para migrar una década después a la televisión que se vislumbraba como su cómoda tumba. Curiosamente con las contraculturas y la llegada del cine experimental, el avant garde, el cine serie b o el new hollywood se le dió un nuevo aire pero desde disímbolos enfoques: la explícita hiperviolencia de Sam Peckinpah, el spaghetti western de Sergio Leone, el anti-western de Robert Altman, el acid western de Monte Hellman, el western metafísico de Alejandro Jodorowsky. Para muchos la última obra maestra del género y suerte de epitafio vino de la mano de un veterano vaquero: Clint Eastwood y su multipremiada Unforgiven (1992). De forma por demás peculiar, de unos años a la fecha, regresa de nuevo, ahora reinventado y reconfigurado, enmarcado por el cine independiente norteamericano y de la mano de jóvenes y talentosos realizadores: Kelly Reichardt, John Hillcoat, Andrew Dominik, Quentin Tarantino, David Mackenzie o S. Craig Zahler.

Steven Craig Zahler es un novelista norteamericano, especializado en historias criminales y westerns, con gran aceptación y reconocimiento. Desde el 2011 se han realizado cinco filmes con guiones firmados por él (y asegura tener una veintena mas). También es un talentoso cinefotógrafo habiendo participado en varios corto y largometrajes a lo largo de la década de los noventa. Por si fuera poco es músico, curtido en los derroteros del metal (heavy y black) fungiendo como baterista y letrista. En 2015 rueda Bone Tomahawk, su primer trabajo como director, en el que además escribe el guión y compone la música. Zahler compensa el modesto presupuesto (poco más del millón y medio de dólares) con una cuidada y sobria puesta en escena (casi rayando en lo minimalista), una muy estudiada fotografía, un excelente diseño sonoro, y un sólido guión que sutilmente parece seguir los convencionalismos del género para trastocarlos o destruírlos.

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El relato (lineal y progresivo) de Bone Tomahawk inicia con una suerte de prólogo en el cual dos bandidos matan con saña a unos viajeros para robarlos (degollación en primer plano incluída), después al querer huir, se topan con un camposanto de apariencia tribal del que uno no saldrá vivo. Aparece el título. Saltamos once días en el tiempo a un pueblo llamado Bright Hope. Rápidamente nos topamos con una serie de personajes que se antojan caricaturescos (a la usanza de los Coen): el duro, impávido y siempre justo sheriff (magnífico Kurt Russell), su ayudante, un torpe y al parecer inseguro anciano llamado Chicory (Richard Jenkins en tal vez la mejor actuación del filme), un presuntuoso y aristocrático individuo llamado Booner (un cumplidor Matthew Fox), el testarudo e impulsivo capataz (Parick Wilson encarnando con precisión al estereotipo del cowboy) y su hermosa esposa (Lili Simmons) quien además es asistente del médico local. Todo parece ir bien, el pueblo es por demás tranquilo y los habitantes deambulan cual fantasmas, hasta que aparece uno de los bandidos del prólogo y cual estudiado mcguffin hitchcockiano desencadena una serie de acciones que culminan con un secuestro y un cruento asesinato. Siguiendo al pie de la letra el manual del western perfecto (movido por la venganza, prefigurando un enfrentamiento final con persecuciones de por medio) la cinta reune a un variopinto grupo de personajes que emprenderán un complicado trayecto para salvar a los rehenes de lo que parece, un sanguinario grupo de trogloditas antropófagos.

Aquí es donde Zahler, con un manejo preciso y astuto del timing y el suspense, convierte un tradicional filme de cowboys en una cruenta historia de terror, más emparentada con las cintas de Tobe Hopper que con los académicos trabajos de Howard Hawks. Se las ingenia para generar empatía con los personajes mediante movimientos, reacciones, monólogos y diálogos, la mayoría de los cuales son cortesía de Chicory quien se intuye en un principio como la contraparte humorística gradualmente convirtiéndose en la conciencia, ética, valentía y sabiduría del grupo. El sutil ritmo, que pareciera lento pero nunca cansado, contrasta súbitamente con explosiones de gráfica violencia que alteran la marcha y sacuden al espectador, sirviendo como preámbulo al terrible desenlace. La fotografía a cargo de Benji Bakshi privilegia la luz natural y los exteriores, dando principal énfasis al encuadre y a las posibilidades de este. Curiosamente me hizo recordar a Pedro Costa quien, aunque con un estilo diametralmente opuesto, defiende enfáticamente la resignificación del encuadre y la importancia de los movientos de cámara (…“deberían recuperar el poder de significación que tuvieron cuando nacieron como herramienta expresiva”). Valiente, meticulosa y sorpresiva la ópera prima de Zahler se presenta como un filme inclasificable, si bien solo comparable con aquella gran cinta de Antonia Bird llamada Ravenous (que tal vez no coincidentemente cuenta con la participación de David Arquette, también en un papel secundario, y también fungiendo como el mcguffin de la cinta).

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