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n u d i e s

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Beyond the Valley of the Dolls / Russ Meyer / USA / 1970

Valley of the Dolls fué la primera novela publicada por Jacqueline Susann. Aunque vapuleada por la crítica especializada se convirtió en un rotundo éxito de ventas situándose no solamente en el primer lugar de 1966 sino en una de las obras más vendidas de la historia. Suerte de roman à clef da cuenta de dos décadas en la vida de tres mujeres que ansiosas de alcanzar el éxito (tanto en Hollywood como en Broadway) probarán las mieles de la fama pero también un estrepitoso descenso al valley of the dolls, donde dolls es un slang que se refiere a “downers” (barbitúricos y anfetaminas). La trama que se rumoraba (hecho que incrementaba el morbo) estar basada en la vida de celebridades como Judy Garland y Dean Martin despertó gran interés en la industria obteniendo 20th Century Fox los derechos del adaptación y Mark Robson el puesto de director. La producción de Valley of the Dolls fué poco menos que un desastre. Se presentaron despidos (el de la Garland fué el más sonado, supuestamente por presentarse ebria a los llamados) así como problemas entre el director y algunos de los actores. La novela original fué alterada tanto en el desarrollo de los personajes (llegando a cambiar radicalmente el arco dramático de la protagonista) como en el tiempo narrativo, incluso suprimimiendo escenas o situaciones importantes (principalmente las que consideraban escandalosas). Esto llevó tanto a la molestia de la autora (se cuenta que al toparse una vez con Robson le dijo categórica: “your film is a piece of shit”) como de la guionista principal quien pidió se retirara su nombre de los créditos. Obviamente estas situaciones prejuiciaron a la crítica y fanáticos de la obra incluso antes del estreno de la cinta.

El filme fué un fracaso crítico y un éxito comercial. Irónicamente con el tiempo sería revisada y reevaluada convirtiéndose en un referente de la época y una importante obra de culto. Para finales de la década de los sesenta y tras el estrepitoso descalabro de Doctor Doolittle (Richard Fleischer, 1967), 20th Century Fox se vió en la imperiosa necesidad de encontrar un éxito y rápido. La respuesta llegó sola. Filmar una secuela del éxito de 1967, con autoría y consentimiento de la misma Susann. Nuevamente las cosas no resultaron bien. La novelista no solo rechazó la oferta sino demandó a la productora por un par de millones de dólares. El tiempo se vino encima. Fox rechazaba cuando draft tenía en manos y para colmo Columbia Pictures les ganaba la batalla gracias a su complicidad con BBS Productions (que se convertiría en el inicio del Nuevo Hollywood) en especial con la cinta Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) que introducía al público hambriento de nuevas propuestas a una versión diluída y estilizada del cine de explotación y de bajo presupuesto con directores avant garde y caras nuevas como protagonistas. Fox decidió así copiar (y mejorar la fórmula) invitando a una dupla sui generis como creadores de su película: el polémico “king of the nudies” Russ Meyer y el crítico de cine Roger Ebert (haciendo su debut como guionista).

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A finales de los sesenta Russ Meyer contaba con más de una docena de filmes en su haber (la mayoría del estilo sexploitation) y una exitosa carrera como camarógrafo de guerra (filmó batallas para noticiarios y documentales) y como fotógrafo de modelos (especializado en pinups y revistas como Playboy). Su peculiar estilo visual lo había convertido en una suerte de celebridad y todo un artista de culto. Hiperviolencia (a veces rayando en lo explícito), violaciones y frenéticas persecuciones maridadas con una estética radicalmente camp teñida de un tono satírico y cómico. Aunque altamente reconocibles, los trabajos de Meyer tenían una característica extra que los volvía inconfundibles y sumamente atractivos: sus mujeres. Precursor de los nudies (películas de “destape” que privilegiaban el erotismo sobre la pornografía o el softcore, protagonizadas por hermosas féminas que gustosas se desnudaban a la menor provocación) el arquetipo Meyeriano era fácilmente identificable: senos enormes con proporciones extravagantes (herederas del pinup de los cincuenta sus cinturas eran imposiblemente estrechas, wasp waist, en contraste a los gigantescos pechos que desafiaban las leyes de la gravedad, gravity-defying y cantilevered en palabras del realizador). Si bien no eran mujeres muy altas o atléticas la proporción y las caras bonitas eran sello de la casa (además era detractor de las cirugías plásticas contrastando fuertemente con el estereotipo actual de actrices sumamente atléticas o modificadas quirúrgicamente).

Beyond the Valley of the Dolls indiscutiblemente es la obra maestra de Russ Meyer. La suma de su peculiar estilo, de las habilidades aprendidas a lo largo de su carrera, del apoyo económico de un gran estudio (e increíblemente con total libertad creativa) y de un colaborador fuera de lo común (Ebert al navegar entre géneros, establecer situaciones surrealistas o absurdas o manipular clichés y esterotipos otorgó tanto a la historia como a los diálogos una dimensión distinta separándola radicalmente de las anteriores cintas del autor). A menudo criticado por la objetivación (cuasi cosificación) y extrema violencia en contra de sus personajes femeninos, Meyer tras un análisis, podría considerarse como lo contrario: un feminista y férreo defensor del empoderamiento de la mujer. Si bien en sus primeras cintas jugaba con los estereotipos machistas y acentuaba sus roles, al llegar Faster, Pussycat! Kill! Kill! (1965) las cosas cambiaron radicalmente. El hombre pasó a un segundo plano. Los personajes femeninos tomaron las riendas y el protagonismo de las cintas: fuertes, heroicas, amazónicas lo mismo vencían al ente masculino a la lucha cuerpo a cuerpo o a conducir autos a toda velocidad, que lo seducían y llevaban a la cama para satisfacción propia o para sacar algún beneficio (mero placer sexual o dominación del macho). La mujeres son más fuertes, inteligentes y poderosas que los hombres, conscientes y seguras de su atractivo llegan incluso a disfrutar lastimarlos o matarlos.  Actrices como Eve Meyer, Tura Satana o Kitten Natividad incendiaron la pantalla y se convirtieron en referentes de la época.

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Desde su inicio Beyond the Valley of the Dolls se muestra categórica. Un letrero nos informa que esta cinta no es una secuela de Valley of the Dolls ni comparte personajes o situaciones con esta o con cualquiera de la vida real. Tomando distancia del melodrama y de cualquier preconcepción, el filme inicia con una surreal persecución: una suerte de superhéroe (¿o superheroína?) armado con una espada vas tras un oficial nazi en lo que parece una casa de playa mientras una hermosa mujer semidesnuda se oculta, resultando muy a su pesar, testigo de un cruento asesinato. Los créditos se superponen sobre las imágenes en un efecto tanto absurdo como desconcertante. De aquí en adelante es difíl explicar lo que sucede. El mismo Ebert la describió con una frase, a manera de premisa: “It’s a camp sexploitation action horror musical that ends in a quadruple murder & a triple wedding.” No podríamos definirla mejor. La trama sigue a un grupo de hermosas mujeres que tienen un grupo de rock The Carrie Nations. Buscando fama y fortuna deciden mudarse a Los Ángeles con el pretexto de buscar (y pedir parte de la herencia) a la tía rica de una de ellas. Tras un ingenioso y  lúdico montaje que superpone un frenético collage de imágenes, tanto sexuales como psicodélicas de lo que les depara en la demencial urbe, a una especie de poesía beat nuestras chicas llegarán de imprevisto al sueño americano. Las cosas de aquí en adelante serán vertiginosas y extrañas a partes iguales: conocen un productor llamado Z-Man (andrógino y extravagante personaje) que las llevará a conocer la fama y el degenere de la vida de los ricos y famosos. Drogas, sexo, música, engaños, desconfianza, celos y porque no tragedia. Una de ellas terminará traicionando a su manager/pareja quien despechado queda parapléjico al tratar de suicidarse, la otra mete en problemas a su novio por acostarse con el tipo equivocado y una más hundida en las drogas y el alcohol queda embarazada y busca la redención mediante el amor lésbico.

De forma inesperada la cinta fué un éxito comercial desde su inicio. Rápidamente recupero el millón de dólares invertido y su peculiar mezcla de decadencia, rostros hermosos, grandes senos, hombres musculosos y personajes caricaturescos encontró un lugar privilegiado en el imaginario colectivo de la época. Frases como “This is my happening and it freaks me out” proclamada por Z-Man fueron repetidas por los jóvenes (y proclamadas incluso en trabajos varios años posteriores como Austin Powers: International Man of Mystery, Jay Roach, 1997). Premeditadamente Ebers y Meyer buscaban generar una mezcla irracional de géneros nunca antes vista con un transfondo de fuerte crítica al show business (primer paralelismo con el filme original). Desde el rodaje el mismo director nunca habló del tono o estilo con ninguno de los actores, en sus palabras para no prejuicir las actuaciones y que fueran mas sueltas. Así, por más ridículos que parecieran los diálogos, los histriones no sabían si se trataba de un drama, una comedia, una cinta de acción o todas las anteriores. La confusión entre ellos dió lugar a una cierta frescura y dinamismo que daban credibilidad a situaciones que rayaban en lo absurdo o surrealista. Ebers también, utilizando el recurso del  roman à clef de la novela original, basó libremente a varios personajes en celebridades: Z-Man en Phil Spector (quien irónicamente protagonizaría treinta años después una situación similar a la del final de metraje), Randy Black en Muhammad Ali o Susan Lake en Anne Welles (protagonista de la novela original). Para rematar y poner énfasis al desenfado y libertad temática, el climax fué cambiado a última hora emulando (de forma por demás explotadora y perturbadora) los asesinatos Tate-LaBianca perpetrados por la familia Manson (crímenes cometidos al tiempo de la escritura del guión). Valley of the Dolls inicia con una fiesta y termina con una fiesta. Ambas mostrando decadencia, pero mientras la primera es diversión, curiosidad y despertar la segunda es más privada, psicodélica y trágica. Así a lo largo de cien minutos y tras ingeniosos montajes (fruto de la inagotable creatividad de Meyer y demostrando lo que podía hacer con presupuesto) pasamos de la algarabía al horror, cambiándo gradual y de forma casi imperceptible de género y culminando en una cruenta masacre que de forma circular funge como escena inicial de los créditos. Finalmente se compadecen del espectador y en una suerte de epílogo aparece una voz en off narrando de forma aleccionadora, moralista y no exenta de ironía la suerte de los personajes y la absurda pero feliz conclusión.

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