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álgidoWaters

t r a s h o

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Multiple Maniacs / John Waters / USA / 1970

Un extravagante personaje de nombre Mr. David convoca a un peculiar espectáculo: bajo una carpa montada en un jardín público se exhibirán de forma voyeurista (y gratuita) una serie de depravados, degenerados, drogadictos y entes similares prácticando cuantas perversiones, fetiches, parafilias y desfiguros se tenga en mente, el nombre del itinerante show es por demás ilustrador ‘The Cavalcade of Perversions’. Ataviado como maestro de ceremonias y con un micrófono desconectado en la mano el individuo logra captar la atención de vecinos, parejas de enamorados y demás transeúntes clasemedieros que movidos por el morbo hacen a un lado la obviedad de que todo huele a una terrible estafa. Tras observar entre fascinados y horrorizados a los integrantes de la caravana la trampa se hace evidente: la terrible Lady Divine, líder intelectual de este grupo de maleantes, urdió esta estrategia para asaltarlos utilizando como anzuelo su pasmosa (y cuasi ineludible) curiosidad. Para complicar las cosas nuestra antihéroe sufre un ataque de extrema demencia para terminar asesinándolos en un creciente éxtasis violento (como anotación al margen solamente han pasado 15 minutos de metraje). Esto será el inicio de una espiral de abusos, crimen y anarquía transgrediendo los límites de la lógica, la decencia y la sanidad.

El resto no será más agradable presentándose una sucesión de eventos cada vez más surrealistas y demenciales en un maniático in crescendo difícilmente visto en pantalla: Mr. David le es infiel, Lady Divine se entera y busca venganza. En el camino un par de junkies la atacan y violan brutalmente, el Infante de Praga se le aparece, cuál divina epifanía, llevándola de la mano a un templo a orar. El supuesto momento místico deviene en una de las escenas más irreverentes, incendiarias y blasfemas jamás fotografiadas (la protagonista es seducida por otra mujer, quien después de besarla le introduce de forma rectal las cuentas de un rosario mientras le susurra al oído las estaciones del viacrucis, el montaje intercala la lasciva relación sexual con el violento sufrimiento narrado). El relato no termina aquí. Mink (la seductora hereje autonombrada religious whore) acompaña a Lady Divine en la búsqueda de los infieles desatándose un sinfin de desgracias entre las que podemos enumerar asesinato (con devoramiento de entrañas incluído), violación (por una gigantesca langosta ni más ni menos), destrucción de propiedad privada y pánico sembrado por las calles.

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Decía Tarkovsky que el cine es un arte que captura el tiempo, “no como una abstracción sino como una realidad”. El cineasta así es una suerte de escultor que tiene por materia prima a una vida entera, esculpiendo y cortando (y deshechando) las partes superficiales hasta llegar a la duración del metraje. Partiendo de esta concepción el tiempo resulta parte esencial del cine: es su sustancia, lo que en su análisis le otorga significado, pertinencia, importancia o coherencia. Tanto en el tiempo narrativo como el tiempo efectivo de la obra. Multiple Maniacs, segundo filme del norteamericano oriundo de Baltimore, está fuertemente anclado a su tiempo y su relevancia es directamente proporcional a este.

John Waters fué un chico de cuna privilegiada. Rebelde desde pequeño pasó por inumerables colegios (no es de sorprender que más de alguno fuera religioso, sentando las bases de su profundo rechazo al clericalismo y tendiendo nexos con cineastas como Luis Buñuel). Su expulsión de la NYU fué la cereza en el pastel que lo alejó de las aulas y lo acercó al cine. Curioso de su sexualidad y el uso de drogas (recordemos que su juventud transitó por los revoltosos sesentas) regresó a casa con más preguntas que respuestas y más inquietudes que certezas. Se hizo de un grupo de amigos (que se convertirían en sus actores, The Dreamlanders) que incluía ladrones, drogadictos, travesties y hippies, el sui generis colectivo de misfits y outsiders pasaba el tiempo leyendo, viendo películas (Waters es un devorador de cine, culto y conocedor, sus ídolos personales engloban desde las propuestas artísticas europeas de Ingmar Bergman y Rainer Fassbinder, el serie b de William Castle, la opulencia surreal de Federico Fellini, el gore de Herschell Gordon Lewis, la experimentación underground de Kenneth Anger o el sexploitation de Russ Meyer) y filmando cintas caseras con una cámara de 8mm regalo de su abuela.

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 John Waters filma esta su segunda cinta con un presupuesto irrisorio ($5,000 USD). Las locaciones son su casa o exteriores de su natal Baltimore (obviamente sin permisos). Los actores son sus amigos y vecinos. La cámara es prestada. Sin ninguna pretensión estética o artística obvia iluminación, encuadre, estabilidad o foco creando una obra de apariencia sucia (el mismo cineasta la llama de forma burlona “a bad Cassavetes movie”). La mayoría de los personajes están sobreactuados y gritan todo el tiempo (al tener un presupuesto casi nulo era impensable corregir o doblar el audio en post producción así que los actores tenían que prácticamente desgañitarse para sobreponer su voz al ruido ambiental). En pocas palabras toda un filme guerilla-style. Su “estilo como terrorismo” llega a su punto más álgido en la escena final, donde la protagonista (llena de sangre portando un ajustado mini vestido y un abrigo de pieles) cual monstruo legendario y totalmente desquiciada destruye automóviles, ataca peatones y siembra el pánico por las calles. Al final la guardia civil la rodea para terminar fusilándola, al tiempo que la multitud observa encantada y se escucha el “God Bless America” de Kate Smith como banda sonora.

Multiple Maniacs, así, se convierte en un producto de su tiempo. Una creación derivada del desencanto de una juventud que no se cree el sueño americano. Que les tocó vivir una realidad marcada por ese turbio período entre el asesinato de John F. Kennedy y los crímenes de la familia Manson. Que a veces observadores a veces partícipes topaban con movivimentos políticos y contraculturales cada vez más radicales. Que escuchaban de protestas estudiantiles en Europa. Que aplaudían a Martin Luther King oponiéndose vehementemente a la guerra de Vietnam. Que lo mismo asistían al festival de Woodstock que miraban con temor y fascinación a los Black Panthers y otras facciones radicales. Que sin entender del todo reprobaban la batalla de Algeria y aplaudían el sandinismo. Que desafiaban el establishment y fantaseaban con la anarquía. El cine de Waters nunca sería tan libre. Alimentado del odio y la violencia renegaría de la supuesta pasividad beatnik. Representa su rompimiento definitivo con la religión (la infame escena del “rosary job” da cuenta de ello), representa su irrefrenable oposición a lo percibido como correcto (en una escena Lady Divine narra con emoción el asesinato de un policía para proceder a acabar con otro con sus propias manos) y representa su nueva concepción de la belleza (todos los personajes concuerdan con la despampanante hermosura de Lady Divine obviando el hecho de que es personificada por un hombre de 1.88m y 150 kgs, maquillado como una caricatura de Liz Taylor). A Multiple Maniacs le sucedería Pink Flamingos dos años más tarde, obra polémica e irredenta que le daría fama internacional y un status como cineasta de culto.

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