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p o s t  m o r t e m

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Swiss Army Man / Daniels / USA / 2016

Técnicamente una premisa se podría definir como la idea base para un razonamiento. Una suerte de conjetura que infiere, genera conocimiento (o su desarrollo) y permite sacar una conclusión. Su estructura lógica y narrativa ha sido utilizada y acogida con regularidad por diversos autores (en la literatura y el teatro principalmente) sirviendo como útil herramienta para vincular el tema escogido con los elementos básicos para la construcción de un drama. Así los personajes, el contexto y el conflicto dan forma a la idea y concretizan el relato. Por ende, la premisa se ha convertido en una unidad importante en gran parte del quehacer cinematográfico tradicional, o por lo menos en el que se sujeta a una estructura dramática y a un guión, siendo en no pocas ocaciones el culpable del éxito o fracaso de un filme (tanto crítico como comercial).

Cineastas como Peter Greenaway desdeñan al guión y a la narrativa tradicional, pero curiosamente buscan respaldo (y sustento) en la premisa para sus obras. Citemos The Tulse Luper Suitcases (Inglaterra, 2003) la cual se vió beneficiada por una excelente premisa que daba sentido, creando de paso expectativa e interés, a un críptico y radical filme que en otras circunstancias hubiera nadado entre el olvido y salas de museo: la vida de un escritor, narrada por el contenido de 92 maletas, el cual pasa la mayor parte de su vida encarcelado, coincidiendo momentos de su vida con grandes acontecimientos del siglo XX. Ahora, una excelente premisa no es garantía de una buena cinta o viceversa. Recordemos la simpleza temática de Irréversible (Gaspar Noé, Francia, 2002) que con una endeble idea (prácticamente sustentada en la frase “le temps detruit tout”) reniega de la estructura lineal de tres actos para dar prioridad a las imágenes y al efecto de estas en el espectador (con excelentes resultados).

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Swiss Army Man, sensación del pasado festival de Sundance, y uno de los filmes más divisorios y polémicos del dosmildieciséis, no se sustenta en una buena o mala premisa sino en una una absurda, chocante, aborrecible y escatológica: un hombre varado en una isla desierta descubre un cadáver flatulento, el cual como si de navaja suiza humana se tratase (ver el nombre original en inglés), le ayuda a sobrevivir enseñándole de paso el valor de la amistad y el camino a la madurez, o algo así. No negaré que la primera vez que escuché sobre esta cinta sentí curiosidad. Una idea de este calibre, capaz de sonrojar al pensamiento más guarro de Mel Brooks o hacer parecer correctos los primeros trabajos de los Farrelly, podría resultar una estupidez que busca la risa fácil, o por otra parte presentar un trabajo tan radical y transgresor que al anunciarse (desde un inicio) de una forma tan soez (rompiendo reglas de censura y de la ominipresente corrección política que nos circunda) se diera el lujo de empujar la creatividad del cine norteamericano más interesado en el remake y el comic que en el desarrollo de la innovación narrativa e ideológica.

Decantándose por la segunda opción, la película dirigida por Daniels (nombre artístico del dueto conformado por Daniel Kwan y Daniel Scheinert) busca desarrollar un filme inteligente y propositivo, con excelentes visuales y músicas, poniendo sus miras en el cine independiente de culto más que en el espectáculo hollywoodense. Cumplen con sus objetivos? Primero considero pertinente hacer un par de anotaciones sobre los directores y otras tantas sobre la cinta. Los Daniels, a juzgar por su edad y estilo, tienen una gran deuda con la generación alternativa introducida por MTV en la década de los noventa, período caracterizado por la experimentación visual y por ser la cuna (y playground) de cineastas ahora consagrados como Wes Anderson, Sofia Coppola, Mike Mills, Spike Jonze o Michael Gondry entre otros. La posibilidad de una apertura musical (englobada y etiqueda como alternativa) a derroteros disímbolos e innovadores más su consiguiente difusión a las masas, dió oportunidad y presupuesto a un caudal de grandes propuestas sentando las bases de muchos de los estilos visuales vigentes. No es de extrañar la gran influencia, principalmente de Jonze y Gondry, en la ópera prima de este par de realizadores. Los Daniels también hicieron sus pininos en los terrenos del videoclip ahora cobijados por el streaming y las plataformas digitales que permiten flexibilidad, menores costos y limitantes, mayor proyección y alcance. Entusiastas del indie pop realizaron meritorios trabajos para Chromeo, Foster the People, The Shins, Passion Pit o Manchester Orchestra, esta última agrupación culpable de la ubicua y fundamental banda sonora del filme.

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Swiss Army Man es vistosa, atractiva y exitosa en el terreno técnico. Si bien no llega a las alturas de Where the Wild Things Are (Spike Jonze, USA, 2009) de la que toma muchas pautas visuales, movimientos de cámara y juegos de luz (el excelente uso de la iluminación atmosférica por ejemplo) presenta un trabajo de fotografía encomiable pasando con soltura de la cámara lenta a la edición vertiginosa, de la cámara en hombro al más pulcro encuadre, estableciendo de paso un ritmo visual y narrativo (a veces un tanto sobrado y distractor) en general efectivo y atractivo. El sonido es uno de los puntos más fuertes coqueteando incluso con convertirse en cinta musical e integrando de forma natural y poco forzada sonidos de la naturaleza, secreciones, flatulencias, sonidos corpóreos, efectos especiales y la banda sonora, que a a decir de los actores, era compuesta e interpretada in situ al momento de la producción. Con matices in crescendo y cuasi épicos el trabajo de Andy Hull y Robert McDowell (integrantes de Manchester Orchestra) resulta catártico y emotivo catalizando la creciente relación afectiva de los personajes principales.

En cuanto al guión la propuesta no desmerece. Suerte de viaje iniciático para adultos, Paul Dano da vida a un tipo varado en un recóndito lugar, a punto del suicidio, que de forma por más surreal descubre la salvación por medio de la autoaceptación. Dano, experto en papeles de freak, da soltura y credibilidad al inseguro protagonista que gracias a sutiles detalles del guión (a cuentagotas pero de manera creciente) se abre ante nosotros: una foto del celular de su objeto de afecto (a quien tan pronto tiene señal espía en facebook), una historia sobre su incapacidad de autosatisfacerse (vinculada al recuerdo de la madre perdida), el miedo al padre (sensibilidad a los insultos y sobrenombres), nulas habilidades sociales perfiladas por convencionalismos (las omnipresentes flatulencias pasan de escatológica broma a trauma de adaptación), el aparente amor platónico que deviene en perturbadora obsesión, etc… Por su parte Daniel Radcliffe (quien además produce y fué pieza importante para la creación de la cinta) se convierte en la gran revelación. Un cadáver inerte que de forma cuasi milagrosa, y progresivamente al desarrollo de la amistad y catártica apertura de Dano, recobra capacidades como el habla (moviento de la quijada) transmitiendo con una sutil y minimalista actuación lo mismo pueril curiosidad que ternura, amistad y complicidad. Con el gran peligro de caer en la caricatura y convertirse en una suerte de Weekend at Bernie’s (Ted Kotcheff, 1989), Radcliff matiza y da vida a uno de los personajes mas peculiares de los que se tenga memoria.  

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Ya como obra terminada es donde el filme pierde un poco la brújula. Con un excelente primer acto (el intento de suicidio / descubrimiento del cadáver / sinfonía de flatulencias / viaje en jet ski humano), que en menos de 10 minutos ya había espantado a media audiencia, las expectativas se van a la alza. El segundo acto creativo / emotivo / divertido a partes iguales establece el mood y orienta el relato, si bien pecando de videoclipero, efectista y deudor (vamos hay secuencias calcadas del skechtbook de Gondry). El último tercio es en cierta manera el más problemático ya que acelera las acciones y busca afanosamente una resolución, cambiando el tono (de comedia irrestricta a realismo dramático) presentando perturbadoras aristas al fantástico relato. Aunque no ofrece una conclusión concreta o una explicación lógica, las pistas presentadas a lo largo del filme más los sucesos finales apuntan a una sola (y un tanto simplista) respuesta.

Volviéndo a la cuestión inicial, cumplen los Daniels con sus objetivos? en gran manera. Como futura cinta de culto, como revelación de Radcliff, como premisa muy original, como orgullo indie lo hacen con creces. Como renovadora del acartonado panorama cinematográfico, como parteaguas, como referente obligado, como transgresión irrestricta y dura no estoy tan seguro.

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