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t e l é p a t a

stereo-1969/ Stereo / David Cronenberg / Canadá / 1969

Con 26 años, una cámara rentada (Cronenberg decía que 35mm era el formato del cine serio) y un par de cortometrajes bajo el brazo (Transfer, 1966 y From the Drain, 1967) el canadiense David Cronenberg se embarcó en lo que sería su primer largometraje: Stereo. La cinta planteaba en un formato un tanto confuso y pesado (a pesar de tener una duración de tan solo 65 minutos) un relato sobre telepatía y la experimentación sensorial por medio de la sexualidad. Catalogado por el mismo cineasta como un trabajo pretencioso, la cinta pone de manifiesto muchas de las constantes de su trabajo posterior (prefigura principalmente a Scanners, 1981, pero también de distintas formas a Shivers, 1975,  Videodrome, 1983, The Fly, 1986 o Crash, 1996) como los estados de la conciencia, la ciencia (tanto como herramienta que como perversa forma de experimentación), el ser humano como objeto de estudio, las mutaciones o la complejidad de la mente.

Cronenberg aunque no se consideraba un cinéfilo (su pasión era la literatura) se topó a temprana edad, gracias a su padre, con el cine de Ingmar Bergman en especial The Seventh Seal (Suecia, 1957) lo cual influyó tanto en la cuidada puesta en escena de su ópera prima como en la expresividad de la imagen o incluso la elección de su protagonista (reminiscente de un joven Max von Sydow). Ambientada en el Scarborough College de la Toronto University (un impresionante edificio en estilo brutalista obra del arquitecto australiano John Andrews), aprovecha al máximo el carácter futurista y laberíntico de la edificación convirtiéndolo en un personaje mas, así como en el perfecto escenario para el ficticio centro de investigaciones Canadian Academy of Erotic Enquiry. En lo visual podemos encontrar encuadres severos y estáticos, meticulosa composición de cada plano privilegiando la geometría de la forma arquitectónica, un expresivo (y opresivo) uso de la iluminación especialmente en interiores y una manipulación de los laberínticos espacios del edificio  a manera de metáfora de los intrincados rincones de la mente humana. Además la cinta carece de sonido: no hay banda sonora ni diálogos, solamente un rotundo silencio. En un principio debido al ruido generado por la cámara utilizada se planeaba sonorizar en postproducción optando el cineasta al final, y como augurio de su peculiar creatividad, por agregar discursivas (y prácticamente ininteligibles) narraciones por parte de diversos científicos donde narran tanto la naturaleza como la metodología de sus experimentos.

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La cinta, ambientada en un futuro distópico, sigue a un joven encapuchado que llega a la mentada Academia. De forma voluntaria accede participar junto con otros individuos de edad similar en una serie de dinámicas diseñadas para desarrollar sus habilidades telepáticas. Reunidos en grupos de ocho integrantes, interactuarán mediante la exploración sexual, buscando establecer nuevas formas de organización social en franca oposición a lo que llaman la obsoleta unidad familiar. Así, cual conejillos de indias y siempre observados por el Dr. Luther Stringfellow (al cual nunca vamos a conocer), presenciamos que alguno desarrolla una doble personalidad, otro se transporta a un estado de realidad paralelo donde puede cohabitar con otros de los miembros de su unidad, otros que experimentan encuentros sexuales grupales y en general como se desarrollan vínculos que tarde o temprano saldrán de control.

La importancia de Stereo radica tanto en su premisa (la capacidad del ser humano de mutar y trascender los límites del cuerpo físico) como en su desarrollo audiovisual. Se pude notar su influencia no solo en la posterior filmografía del  canadiense sino en obras de otros cineastas contemporáneos como las hermanas Wachowski  (Lana y Lilli) cuya teleserie Sense8 (Netflix 2015-2018) presenta varias de sus ideas principales (el clúster de ocho individuos, la posibilidad de cohabitar en un espacio virtual, la exploración por medio de la sexualidad, etc…). Si bien un trabajo un tanto amateur y pretencioso en varios aspectos, su originalidad y madurez visual le valió reconocimiento y financiamiento para su siguiente filme Crimes of the Future (1970) con el que comparte la estética, la carencia de sonido o el actor protagónico.

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