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/ Nocturnal Animals / Tom Ford / USA / 2016

Un telón de terciopelo rojo, delante de él, en una suerte de lynchiano espectáculo, una mujer baila en cámara lenta. Completamente desnuda (a excepción de unas botas, una corona, una banda transversal como las que usan las misses en los concursos de belleza y un bastón) contonea su muy generosa anatomía al ritmo del sofisticado score de Abel Korzeniowski. Después de ella otra, y luego otra más. El desfile se presenta como un shock para el espectador, no solamente por la desnudez mostrada en un primer plano sino por tratarse de féminas que no corresponden al tradicional estereotipo trazado por la industria cinematográfica: cuerpos obesos, cicatrices, rostros arrugados, imperfecciones. Lo más curioso de todo es que sonríen, son felices, se sienten liberadas. Más un manifiesto de empoderamiento a través de la aceptación corpórea que una mera estrategia por causar polémica a través del fat shaming (cuando se criticó y cuestionó a Ford por esta escena él simplemente dijo que quería un inicio mágico, como de cuento de hadas).

Tanto la escena inicial como la final de Nocturnal Animals rompen con la estructura del filme y con las perspectiva de los espectadores. Diseñadas, pareciera, para poner a cuestionar y activar los mecanismos de pensamiento y reflexión dentro de una compleja cinta armada en torno a tres ejes y tiempos narrativos. La pertinencia del inicio se hace evidente cuando se establece que se trata de una obra de arte conceptual, curada por Susan (una ascendente Amy Adams) mujer rica y hermosa que en su sola presencia engloba todos los artificiales valores aplastados en la secuencia inaugural. ¿Simple muestra de la transgresión del arte y de la visión alegórica de la cultura o cruel paralelismo con un personaje que tiene todo menos felicidad y libertad?. El final se siente como una traición a los que dedicamos dos horas de nuestras vidas poniendo especial atención a las historias que se hilvanan en torno a los dos protagonistas y que deseamos merecieran una climática y satisfactoria conclusión. Abierto y ambiguo, es un regalo mas del sr. Ford que lúdicamente nos brinda una serie de pistas para dejar en nuestras manos la resolución del relato.

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La carrera de Tom Ford en el mundo de la moda es más que conocida. Niño prodigio del mercado de lujo, lo mismo resucitó a la marca italiana Gucci que regresó la sofisticación a Yves Saint Laurent o labró una marca propia aplaudida y deseada por partes iguales. Al anunciar hace nueve años su incursión en la cinematografía (de sorprender su decisión de dirigir aunque su interés en la industria se intuía con antelación gracias a su productora Fade yo Black, o a sendas colaboraciones con actores y productores) la noticia se recibió con más tibieza que entusiasmo. La idea de que un diseñador polémico, que había cimentado su fama en el equilibrio entre la sensualidad explícita y la más opulenta elegancia, se apropiara de la sacrosanta silla de realizador resultaba chocante y hasta ridícula, augurando producciones superficiales o sonados fracasos. Ford tenía un as bajo la manga. Su dominio de los códigos estéticos, de las paletas cromáticas, de la sofisticación y de la armonía se pusieron de manifiesto en una obra llamada A Single Man (Estados Unidos, 2009) que con inusitado talento y una encomiable capacidad de observación maridaba la belleza visual con el desarrollo de personajes frágiles e interesantes.

Nocturnal Animals, su segunda obra, se esperaba con menor recelo y mayor curiosidad. Ford sería el burro que toco la flauta o confirmaría el talento mostrado en su ópera prima. Primero tendremos que resaltar que se trata de un filme mucho más complejo. Su narrativa se divide y estructura en torno a tres ejes distintos tanto en puesta en escena como en cinematografía, ritmo y montaje. El primero es la época actual donde Susan, fastidiada y frustrada por su supuesta vida perfecta, recibe una copia del libro que da nombre a la cinta, escrito por Edward su ex marido (con el cual vivió una complicada y traumática relación) al cual tiene años de no ver. El segundo es una suerte de metanarrativa donde se cuentan los hechos descritos en la novela, teniendo como protagonista a Tony (destacable Jake Gyllenhaal), quien comparte sendas similitudes con Edward (empezando con que son interpretados por el mismo actor). El tercer eje es una serie de flashbacks que nos muestran la relación de los protagonistas y los motivos de la ruptura.

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Sentida alegoría del proceso creativo (materializada en el escritor que funge como vínculo y amalgama entre los tres niveles narrativos) la cinta cual gigantesco puzzle va integrando sus partes mediante sucesos, recuerdos, sutilezas o interpretaciones de los personajes. El libro en cuestión generará una catarsis en Susan, quien se convierte en el elemento receptor y desencriptador de la historia, quedando la duda si este es una reflexión creada por Edward para exorcizar sus demonios, una cruel y calculada venganza sobre la otrora amada o simple y sencillamente una ficción literaria que al beber de la mente del autor toma elementos, recuerdos o anécdotas ocultas en lo más recondito del subconsciente. Las claves, más no la resolución, las brinda el mismo Ford.

Cargada de simbolismos, leitmotivs y de códigos cinematográficos (la cinta bebe lo mismo del drama clásico que del film noir) establece desde las primeras secuencias vínculos con la belleza y el arte (el opulento entorno de Susan), con el concepto de venganza (en cuadros, letreros, paletas cromáticas o recursos visuales), o con el estado anímico de los personajes (el peinado, maquillaje y forma de vestir de la protagonista que va modificándose de acuerdo a la concatenación de las historias). Ford toma prestado el impacto sicológico del rojo a Bergman (Cries and Whispers, Suecia, 1972) o el impacto sucio de la novela Hard Boiled. Lo mismo se regodea en imágenes de gran belleza artística, compositiva o arquitectónica que nos receta tal vez la escena mas estresante, incomoda y perturbadora de los últimos años. Al final todo recae en Susan, en la dicotomía de ser la víctima de una cruel (y merecida) venganza o la beneficiaria de una nueva oportunidad de vida.

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