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Stalker / Andrei Tarkovsky / Rusia / 1979

La materialización del acto creativo requiere, en muchas ocasiones, de un esfuerzo supremo. Graficar cualquier idea, sin importar los materiales o métodos utilizados, demanda talento, reflexión y claridad, manifestado en un delicado balance entre la conceptualización y el conocimiento/habilidad de la técnica. El quehacer fílmico involucra además una serie de factores que aumentan la complejidad: elevado costo (necesidad de financiamiento que supedita la creación a los intereses económicos), optimización de recursos, planeación y logística de las tres etapas de realización (preproducción, producción y postproducción), y ya no hablemos del trabajo de promoción y distribución. Ahora imaginemos que aunado a lo anterior somos lo que André Bazin llamaba un auteur, un realizador con voz propia, con un estilo y visión claramente identificables, teniendo como fin último la creación artística sin importar la opinión del público, la crítica o incluso los inversores. Para finalizar situémonos bajo un castrante régimen político en lo más álgido de la guerra fría.

Mediados de la década de los setenta. El cineasta ruso Andrei Tarkovsky frustrado y deprimido decide abandonar la carrera fílmica para dedicarse al teatro. Sus últimos proyectos (como la adaptación de El Idiota de Fiódor Dostoyevski) se habían topado con una absurda burocracia, retrograda y hostil, que parecía gozar con cada traba y rechazo a sus propuestas. Cansado y deprimido tomaría la decisión de intentar una vez, disfrazando de forma ingeniosa sus inquietudes religiosas, metafísicas y existencialistas a través de una distópica historia de ciencia ficción (estrategia que le habría resultado exitosa con Solaris en 1972, curiosamente su trabajo más popular hasta la fecha). Algunos años atrás Tarkovsky había leído en la revista Avrora una suerte de thriller hardboiled plagado de violencia y lenguaje soez de nombre Roadside Picnic firmado por los hermanos Strugatsky (Arkadi y Borís). Esta novela corta fungiría como una especie de disgresión para el ruso, apartándolo de sus elevados gustos intelectuales, pero brindandole el perfecto pretexto narrativo para desarrollar una obra contemplativa cimentada en las inquietudes trascendentales de sus protagonistas.

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