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k i n g  o f  s c o t l a n d

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Macbeth / Justin Kurzel / Inglaterra-Francia-USA / 2015

Adaptar la obra de William Shakespeare no es tarea fácil. Su florido dominio del lenguaje, su arsenal de recursos lingüísticos o la complejidad de su prosa cuasi poética, dan cuenta de la maestría del bardo pero también de la dificultad de ofrecer lecturas pertinentes sobre sus trabajos. Dentro de sus tragedias mas reconocidas se encuentra Macbeth, escrita a principios del siglo XVII, cuyas cualidades narrativas, tensión dramática, violencia exacerbada y aspectos sobrenaturales le han otorgado una cualidad cinemática irresistible, gracias a la cual se han filmado no menos de una veintena de películas influenciadas o basadas en la historia del delirante monarca escocés (Throne of Blood de Akira Kurosawa, 1957 o Cabezas Cortadas de Glauber Rocha, 1970 por nombrar solo un par).

La tarea de filmar a Shakespeare usualmente se bifurca por dos caminos: el primero en que se respetan al máximo los diálogos y el contexto (los trabajos de Kenneth Branagh y Laurence Olivier por ejemplo) resultando en su mayoría pulcras obras teatrales con recursos audiovisuales, y el segundo, donde se toma el texto o la historia como punto de partida para la experimentación (Prospero’s Books de Peter Greenaway, 1991, Romeo and Juliet de Baz Luhrmann, 1996, Titus de Julie Taymor, 1999 o The Tempest de Derek Jarman, 1979). Sin ser reduccionistas tenemos que reconocer que hay muchos ejemplos que se sitúan justo en el medio, como las adaptaciones de Orson Welles (esa obra maestra llamada Chimes at Midnight, 1965 o Macbeth, 1948). Hablando de esta última, aunque destacable, no es la mejor versión cinematográfica de la célebre tragedia, recayendo el honor en las manos de Roman Polanski y su The Tragedy of Macbeth de 1971. En un momento por demás oscuro y depresivo de su vida, el realizador polaco retoma la célebre tragedia potencializando el mood, la paranoia, la culpa y una oscurísima atmósfera. Mucho más violenta, sangrienta y psicológica su visión curiosamente se siente más real, más humana, más desgarradora.

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La historia, aunque de todos conocida, es pertinente revisitarla. Basada libremente en hechos reales (aunque al parecer Shakespeare se mostraba más interesado en crear una historia sobre  ambición desmedida, traición, muerte y la repercusión de estas en la psiqué del individuo, que en escribir un relato histórico) la tragedia daba cuenta de las andanzas del barón (thamis) de Glamis de nombre Macbeth, primo del rey de Escocia. Tras vencer en una complicada y desigual batalla al traidor Macdonwald es visitado por tres brujas que a manera de oráculo le presagian un próspero futuro, que rayando en lo fantástico, lo convertirían primero en un destacado noble y después en el mismísimo rey de su país. Con reservas y clara incredulidad el otrora noble Macbeth observa con sorpresa como se cumple la primera parte de la profecía (es nombrado intempestivamente thane de Cawdor) y en un ataque de ambición cuenta a su esposa sobre las extrañas mujeres y la fuerte posibilidad de convertirse en monarca. Lady Macbeth astuta e intrigante convence a su esposo de acelerar el destino y juntos planean el asesinato del rey Duncan. Así de manera vertiginosa se concatenan una cadena de crímenes y desgracias que sumirán a la pareja primero en el espiral de la desmedida avaricia y luego, gracias al peso de la culpa, en la más desquiciante de las locuras. La historia obviamente no puede más que terminar en, como en las mejores tragedias del inglés, suicidio o climática muerte.

Filmada por Justin Kurzel, director australiano que alcanzó fama con su ópera prima Snowtown (2011), la última adaptación de Macbeth se presenta como un trabajo meritorio, respetuoso con la historia y diálogos del original pero sumamente estético y propositivo, tomando influencia de las versiones de Welles y especialmente de Polanski (de quien es deudor en el carácter oscuro, el énfasis en la psicología de los personajes y la explícita violencia). Con un lenguaje apegado al literario a medio camino entre prosa y poesía, el filme se desarrolla de forma lineal y de acuerdo al carácter narrativo del libro, tomando pocas desviaciones y licencias en aras de delinear (y enfatizar) ciertas características de los personajes. Así la cinta inicia con la muerte de la hija pequeña de la pareja (situación que no aparece en la tragedia) realzando el dramático vínculo entre ambos  y su relación de codepedencia (y de cierta manera haciendo más factíble la influencia criminal de Lady Macbeth para con su marido). La daga voladora que se aparece al protagonista en más de una ocasión ahora es empuñada por un puberto soldado asesinado en batalla (poniendo de manifiesto la culpa de Macbeth como líder militar y como responsable de los jovenes soldados). Las tres brujas que presagian (y sirven como motor narrativo) ahora están acompañadas por una niña pequeña y un bebé (mórbido recordatorio de la hija perdida). La batalla final (presagiada por las mujeres) se presenta a manera de un bosque incendiado por los rebeldes (cuyas cenizas literalmente mueven al bosque) que brinda una atmósfera más realista y climática al combate (y se presta para el goce estético de la mise-en-scène final).

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Además del excelente trabajo de adaptación tres aciertos por parte de Kurzel separan a esta versión de la casi veintena existentes: primero el fuerte énfasis en la aspecto visual de la cinta gracias al excelente trabajo de su colega y amigo Adam Arkapaw (con quien ya había trabajado en Snowtown  y quien había fotografiado con éxito las series Top of the Lake de Jane Campion y True Detective de Cary Fukunaga). Arkapaw realiza un meritorio trabajo que raya en lo poético, poniéndo especial énfasis en el encuadre, las texturas, la paleta cromática y la iluminación atmosférica. Juega con el time lapse, la cámara lenta, la profundidad y los enfoques. Esplédido en los planos abiertos los contrapone con simétricas imágenes que nos plantan a los protagonistas de frente a la cámara y como eje visual. Sin pudor los combina con close ups que dan cuenta de cada arruga, cada imperfección, cada mueca, cada gesto. Segundo, el cuidado y meticuloso diseño de arte por parte de la inglesa Jacqueline Durran, quien no ajena al cine de época (y curtida en el espectáculo teatral)  muestra una encomiable atención al detalle y una coherencia histórica, geográfica e incluso metafórica (el vestuario sirve como una extensión del estado de ánimo de los personajes). Tercero, las actuaciones. Kurzel confía totalmente en sus actores (Michael Fassbender y Mario Cotillard) permitiédoles mimetizarse con los roles y evitando en todo momento que el espectáculo visual les robe protagonismo. La pareja se siente real, el drama se respira, ambos (no por nada son dos de los mejores actores de su generación) muestran  con solvencia y de forma verosímil el amplio abanico emotivo de los Macbeth que pasa del gozo, a la maldad y de ahí a la locura.

Si bien no perfecta ni la mejor adaptación de la original de Shakespeare, el Macbeth de Kurzel se muestra fresco, estético, bien actuado y bien ejecutado. Un meritorio trabajo que crea muchas expectativas para el trabajo posterior del australiano (recordemos que es su segundo filme) colocándolo como una las prometedoras figuras del espectáculo cinematográfico contemporáneo.

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a n t r o p o f a g i a

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Ravenous / Antonia Bird / República Checa-Inglaterra-USA / 1999

Históricamente el canibalismo (entendido como el hecho de alimentarse con seres de la misma especie) y la antropogafia (la ingesta de seres humanos) han sido prácticas recurrentes en diversas culturas, tanto en el plano religioso (los griegos creían que Cronos, padre de Zeus y rey de los titanes, devoró a sus hijos en un egoísta intento por evitar ser derrocado; las tribus meso y sudamericanas lo realizaban a manera de ofrendas a sus deidades) como en el plano mágico (al comer la carne del enemigo se absorben las energías acumuladas por este a lo largo de su vida, sirviendo como una forma de incrementar la fortaleza y expandir la consciencia). En la mayoría de los casos no era una hábito o actividad cotidiana, desarrollándose de forma ritual en lugares y tiempos determinados. A la antropofagia con fines de supervivencia, gastronómicos o de placer culinario, aunque existente y comprobada, se le considera como un cúmulo de casos aislados y desconexos más relacionados con situaciones extremas o padecimientos mentales.

Al inicio del filme el capitán Boyd (Guy Pearce) es un condecorado héroe de guerra. Único sobreviviente de una sangrienta emboscada, venció por si solo a un grupo de revolucionarios mexicanos. Después se sabría la verdad: el otrora insigne militar es realmente un cobarde individuo que se fingió muerto mientras masacraban a sus compañeros, pasó varias horas apilado junto con torres de cadáveres y tras ingerir accidentalmente la sangre de uno de los occisos cobró unos bríos exacerbados y acabó con el enemigo. Al quedar expuesto y temiendo el ridículo y fin de su reputación acepta ser reubicado al Fort Spencer, una cuasi abandonada fortificación en las partes mas inhóspitas y remotas de la agreste California de mediados del siglo XIX. Así rodeado de alcohólicos, nativos, inútiles y rechazados intentará adaptarse al tedio. Un buen día aparece Colqhoun (Robert Carlyle) delirante viajero que cuenta espantado historias sobre el tiránico Coronel Ives, un monstruoso individuo que asesinó y devoró a toda la caravana que lo acompañaba y que aún tiene secuestradas a un par de personas. El cruento relato del hombre sirve como detonante encontrando los ociosos  e inadaptados soldados una idónea forma de sacudir la modorra y convertirse en héroes, decidiendo ir a la casa del hombre-demonio salvando de paso a los inocentes. Lamentablemente las cosas nunca son lo que parecen…

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Ravenous es un filme tan sui generis, extraño y peculiar que se aún se adivina imposible trascendiera el papel y materializara en imágenes. Maldito desde su rodaje el proyecto estuvo varias veces en peligro de ser cancelado: en un inicio fué desarrollado por FOX como productora y el macedonio Milcho Manchevski en la silla del  director; a las pocas semanas de filmación y tras gaves problemas técnicos y creativos se trajo como relevo a Raja Gosnell, quien sería prácticamente despedido por los actores para posteriormente, y por fuerte recomendación de Carlyle, invitar al proyecto a la inglesa Antonia Bird quien después de largas y desgastantes negociaciones aceptaría terminar la tarea. Bird reestructuró tanto el guión como la imagen visual y diseño de arte, le agregó un extraño tono entre western/sátira social/terror/gore/comedia negra y volvió a grabar la cinta prácticamente desde cero.

Lamentablemente fué un sonado fracaso comercial. Ni el sólido elenco, ni el renombre de la Bird, ni el respaldo de la productora (que tuvo mucha culpa con una campaña publicitaria torpe y engañosa que posicionaba a David Arquette como punta de lanza, aprovechando su “fama” en la saga de Scream (Wes Craven 1996/1997) puedieron salvar a Ravenous de la caída libre. Curiosamente críticos importantes como Roger Ebert o Michael Smith la aplaudieron colocándola en sus respectivas listas de lo mejor del año. El público en general no fué tan benévolo. El filme terminó sumiéndose en el olvido y solo alcanzó cierto status de culto por su también peculiar soundtrack: una extraña mezcla de hillbilly, folk, electrónica análoga, score orquestal y épica de cuerdas a dos manos entre un par de disímbolos genios contemporáneos: Michael Nyman (en pleno ascenso creativo) y Damon Albarn (haciendo sus pininos en el mundo del cine).

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Técnicamente la cinta es un gozo: planos abiertos y descriptivos que dan cuenta de los agrestes paisajes (y la consiguiente soledad física e interna de los personajes), montajes delirantes como la secuencia inicial en que por medio del empalme temporal (pasado y presente) se intercalan imágenes del festín en  honor del “héroe” y de la cruenta batalla de la que cobardemente se esconde. La escena huele y sabe a sangre, tanto de soldado asesinado como de res en banquete. En otros momentos Bird estructura efectivos (y móbidos) gags que devendrán bruscamente en escenas llenas de tensión y el más efectivo horror. La maestría en el timing, el ritmo de la edición y el suspense también merecen destacarse.

Ravenous con singular desparpajo rompe reglas narrativas y argumentales. Presenta sorpresivas vueltas de tuerca y cambios súbitos de mood. Se muestra como un lúdico ejercicio freestyle en que, sin someterse a ningún tipo de convencionalismo, lo mismo aterra que se regodea en alegorías y exaltación del canibalismo. Basádose en mitos antiguos (los wendigo) y presentando al antropófago como un portentoso y aterrador superhombre, el guión de la cinta se da tiempo también de hacer comentarios sociales, hablar de filosofía y establecer una singular y mítica leyenda salpicada de un lunático y sádico sentido del humor. Desconcertante, valiente, una cinta digna de descubrirse, disfrutarse y convertirse en un clásico contemporáneo.

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