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the fire within

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Oslo, 31. August / Joachim Trier / Noruega / 2011

En Reprise (Noruega, 2006), su ópera prima, Joachim Trier planteaba un dilema existencial entre dos amigos veinteañeros. Desde el punto de vista del complicado y competitivo mundo de los escritores, ambos luchaban por tener sus obras publicadas y ascender al Olimpo de la élite intelectual. Uno con tezón el otro con talento. Obviamente el éxito no va de la mano de la felicidad ni el fracaso de la infelicidad. Partiendo de un entorno cuasi autobiográfico (jóvenes cultos de clase privilegiada, oriundos de la cosmopolita y permisiva Oslo) los personajes de Trier se desdoblaban cual polos opuestos de su misma personalidad. 6 años después el director regresa a su ciudad natal retomando los aires existencialistas, ahora sus personajes son treintañeros y sus preocupaciones y dilemas parecen (por lo menos en apariencia) ser similares.

Anders tiene 34 años es culto, tiene facilidad para escribir, toca el piano con solvencia y es bien parecido. También es un drogadicto y ha tirado a la basura los últimos años de su vida en un afán destructivo, propiciando que los que lo rodeaban (amigos, familiares, novia) se alejaran gradualmente de él. La cinta cuenta 24 horas en la vida de este personaje partiendo de la mañana del 30 de agosto en que, después de estar cumpliendo de forma participativa en un programa de desintoxicación/rehabilitación, se le permite a manera de prueba regresar a la ciudad a una entrevista de trabajo. Nuestro protagonista así, decide aprovechar el tiempo visitando viejas amistades, llamando a la ex novia, saboteando (in)conscientemente su entrevista de trabajo, deambulando por la ciudad, en pocas palabras tratando de reconectarse con un mundo del que ahora se siente ajeno y tratando de encontrar respuestas a una existencia que cada vez le pesa más y entiende menos.

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Como una suerte de Trainspotting dirigida por Robert Bresson, la cinta camina de la mano de Anders a veces siguiéndolo de espaldas (reminiscente en estilo a Elephant, Gus Van Sant, 2003), o jugando con elipsis godardianas (no son pocos los guiños en forma y sustancia a la Nouvelle Vague). De repente la cámara descansa y nos receta largos planos secuencia de conversaciones o monólogos, nos convierte en voyeurs de conversaciones de extraños (la escena en la cafetería es encomiable y la retomaré mas adelante) o en meros turistas de la bella capital noruega.

Basada libremente en el libro Le feu follet de Pierre Drieu La Rochelle (que fuera adaptado en 1963 por Louis Malle para su filme del mismo nombre) Trier nos muestra el viaje existencialista e intimista de un individuo que busca desesperadamente respuestas, y sobre todo razones, para vivir. La incapacidad de aferrarse a algo, de conectar, se va presentando de manera creciente conforme pasan las horas sirviendo como un enfático comentario sobre la futilidad del ser humano, sobre la evocación de la memoria, sobre las imposiciones sociales/culturales, sobre la frustración, sobre la pertenencia.

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Trier coloca a Anders en situaciones reveladoras e interesantes (que le dan un aire de Bergman contemporáneo) como cuando visita a su amigo profesor (en apariencia viviendo el ideal clasemediero de casa/familia/trabajo) quien en un principio parece feliz y realizado y al final se reconoce atado a la monotoneidad, escondiendo sus frustraciones tras citas de Proust. La hermana que lo deja plantado, la exnovia que no le contesta el teléfono, el empleador que lo cuestiona por su poca obra literaria (dando a entender que ha desperdiciado su vida y su talento), no hacen más que complicar el panorama. Tal parece que el único momento en que conecta y se aleja de su ubicua depresión es al encontrarse solo dentro de la cafetería, donde realiza un ejercicio a medio camino entre voyeurista (al escuchar conversaciones ajenas)  y creativo (al imaginarlas) involucrándose de forma lúdica lo mismo en ilusiones femeninas, que en conflictos matrimoniales, o en superficiales posturas sobre la muerte de Kurt Cobain (no es la única vez donde se toca el tema del suicidio). El noruego se las ingenia para crear un complejo crisol de imágenes y situaciones, enmarcados por un excelente montaje, que configuran sin necesidad de palabras el estado emocional de Anders.

Oslo, 31. August es un filme más discreto en lo visual (alejado de la pirotecnia audiovisual de su ópera prima) pero más profundo en lo sentimental. Evita el cliché y el melodrama  barato para mostrar a un frustrado antihéroe empeñado en autosabotearse y traicionar a los que lo quieren. Su fotografía es elegante, discreta, lucidora, con una paleta de grises y una iluminación natural que se muestran paralelas al mood del personaje. Estamos ante una obra intimista y depresiva que ejemplifica como pocas los dilemas existenciales del adulto que ha dejado de ser joven, que el tiempo lo ha alcanzado y se siente frustrado por no alcanzar las metas que la sociedad le tiene trazadas. Trier plantea la pertinencia de vivir, de existir, pero también el hecho de, conscientemente y por libre albedrío, dejar de hacerlo.

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