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t h e  f a r m

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Tom À La Ferme / Xavier Dolan / Canadá / 2013

Tom es joven y atractivo. Aparentemente pasa por un mal momento. Lo vemos conducir su auto, cantar, gritar, llorar, bajarse del vehículo y golpear su celular. Tras un breve, pero interesante e ilustador, prólogo en que observamos (en restrictivo close up) su balbuceante escritura sobre una servilleta en lo que parece una carta de despedida (“Today a part of me has died. And I cannot mourn, because I’ve forgotten all the synonyms of ‘sadness’. Now, all that I can do without you is replace you”), nos trasportamos a la campiña canadiense mediante unas logradas tomas aéreas reminiscentes del The Shining (Stanley Kubrick, 1980) situándonos de lleno en el escenario donde sucedera la acción, de paso sentando el mood del filme y sirviendo como un metafórico rompimiento entre el “artificial” mundo cosmopolita y citadino de Tom y el “real” mundo del campo de la gente provinciana. El motivo del viaje es asistir al funeral de Guillaume, su pareja sentimental, del que poco sabemos y menos conocemos, y de paso superar, o por lo menos sobrellevar, la dolorosa perdida junto con los desconocidos familiares.

Desde el primer momento llueven las sorpresas y no son gratas: la madre, Agathe, desconoce la existencia de Tom (de hecho no estaba ni enterada de la inclinación sexual de su hijo), nadie lo esperaba al entierro, y para rematar Guillaume tiene un hermano mayor (Francis) que es sumanente agresivo y dominante. Con astucia Dolan va estructurando una peculiar dinámica entre Francis y Tom, en la cual el primero, mediante abusos y violencia, introduce de lleno al segundo en un juego de mentiras y engaños que tiene como objetivo cuidar la sanidad mental de la madre, creando de paso una relación odio-amor entre los jóvenes. Incapaz de negarse, Tom sucumbe y participa, ya sea construyendo anécdotas sobre una supuesta novia llamada Sara (historias basadas en las propias con el difunto), ayudando en las labores de la granja, o involucrándose cada vez mas con el volátil, y al parecer bipolar Francis, que en un instante es un monstruo y curiosamente en otro puede ser frágil e incluso entrañable.

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Mucho se ha hablado del joven prodigio Xavier Dolan. A sus escasos 25 años tiene cinco exitosos filmes en su haber, ha pasado del hiperrealista drama familiar de su primera cinta a la estilizada comedia romántica de la segunda (fuertemente influenciada por Wong Kar-Wai), al épico drama intimista que bebe de Kubrick, y para rematar  Tom À La Ferme que representa no solo un rompimiento narrativo/estético/temático en su obra sino un nuevo camino para la experimentación visual/sonora/narrativa. Un innovador ejercicio de género (Dolan se aleja del dramedy gay para desarrollar un thriller con todas sus letras) y abre de paso un horizonte de posibilidades para su aún incipiente carrera.

Tom À La Ferme bebe de Hitchcock y aunque sacrifica la exuberante estética o las grandielocuentes músicas de sus filmes anteriores no baja el ritmo creando una cinta oscura que juega con los misterios, con el voyeurismo de la cámara (y por consiguiente del espectador), con los planos, con el mise-en-scène. Incluso se da el lujo de utilizar recursos como la arquitectura, el encuadre, o el aspect ratio (en escenas claves lo utiliza como un efecto psicológico de la opresión de los personajes y el suspenso de la acción, más que como un recurso narrativo cronológico como lo hemos visto con cineastas como Wes Anderson). Xavier Dolan en su corta pero prolífica carrera se puede preciar de ser el director mas jóven en ganar el Prix du Jury en Cannes o de tener un ritmo de producción que nada envidia a Woody Allen: cinco filmes en cinco años. Con dos proyectos por estrenar y una calidad constante y ascedente el canadiense se perfila como uno de los directores más importantes de la escena mundial, y tan solo tiene 26 años.

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the fire within

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Oslo, 31. August / Joachim Trier / Noruega / 2011

En Reprise (Noruega, 2006), su ópera prima, Joachim Trier planteaba un dilema existencial entre dos amigos veinteañeros. Desde el punto de vista del complicado y competitivo mundo de los escritores, ambos luchaban por tener sus obras publicadas y ascender al Olimpo de la élite intelectual. Uno con tezón el otro con talento. Obviamente el éxito no va de la mano de la felicidad ni el fracaso de la infelicidad. Partiendo de un entorno cuasi autobiográfico (jóvenes cultos de clase privilegiada, oriundos de la cosmopolita y permisiva Oslo) los personajes de Trier se desdoblaban cual polos opuestos de su misma personalidad. 6 años después el director regresa a su ciudad natal retomando los aires existencialistas, ahora sus personajes son treintañeros y sus preocupaciones y dilemas parecen (por lo menos en apariencia) ser similares.

Anders tiene 34 años es culto, tiene facilidad para escribir, toca el piano con solvencia y es bien parecido. También es un drogadicto y ha tirado a la basura los últimos años de su vida en un afán destructivo, propiciando que los que lo rodeaban (amigos, familiares, novia) se alejaran gradualmente de él. La cinta cuenta 24 horas en la vida de este personaje partiendo de la mañana del 30 de agosto en que, después de estar cumpliendo de forma participativa en un programa de desintoxicación/rehabilitación, se le permite a manera de prueba regresar a la ciudad a una entrevista de trabajo. Nuestro protagonista así, decide aprovechar el tiempo visitando viejas amistades, llamando a la ex novia, saboteando (in)conscientemente su entrevista de trabajo, deambulando por la ciudad, en pocas palabras tratando de reconectarse con un mundo del que ahora se siente ajeno y tratando de encontrar respuestas a una existencia que cada vez le pesa más y entiende menos.

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Como una suerte de Trainspotting dirigida por Robert Bresson, la cinta camina de la mano de Anders a veces siguiéndolo de espaldas (reminiscente en estilo a Elephant, Gus Van Sant, 2003), o jugando con elipsis godardianas (no son pocos los guiños en forma y sustancia a la Nouvelle Vague). De repente la cámara descansa y nos receta largos planos secuencia de conversaciones o monólogos, nos convierte en voyeurs de conversaciones de extraños (la escena en la cafetería es encomiable y la retomaré mas adelante) o en meros turistas de la bella capital noruega.

Basada libremente en el libro Le feu follet de Pierre Drieu La Rochelle (que fuera adaptado en 1963 por Louis Malle para su filme del mismo nombre) Trier nos muestra el viaje existencialista e intimista de un individuo que busca desesperadamente respuestas, y sobre todo razones, para vivir. La incapacidad de aferrarse a algo, de conectar, se va presentando de manera creciente conforme pasan las horas sirviendo como un enfático comentario sobre la futilidad del ser humano, sobre la evocación de la memoria, sobre las imposiciones sociales/culturales, sobre la frustración, sobre la pertenencia.

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Trier coloca a Anders en situaciones reveladoras e interesantes (que le dan un aire de Bergman contemporáneo) como cuando visita a su amigo profesor (en apariencia viviendo el ideal clasemediero de casa/familia/trabajo) quien en un principio parece feliz y realizado y al final se reconoce atado a la monotoneidad, escondiendo sus frustraciones tras citas de Proust. La hermana que lo deja plantado, la exnovia que no le contesta el teléfono, el empleador que lo cuestiona por su poca obra literaria (dando a entender que ha desperdiciado su vida y su talento), no hacen más que complicar el panorama. Tal parece que el único momento en que conecta y se aleja de su ubicua depresión es al encontrarse solo dentro de la cafetería, donde realiza un ejercicio a medio camino entre voyeurista (al escuchar conversaciones ajenas)  y creativo (al imaginarlas) involucrándose de forma lúdica lo mismo en ilusiones femeninas, que en conflictos matrimoniales, o en superficiales posturas sobre la muerte de Kurt Cobain (no es la única vez donde se toca el tema del suicidio). El noruego se las ingenia para crear un complejo crisol de imágenes y situaciones, enmarcados por un excelente montaje, que configuran sin necesidad de palabras el estado emocional de Anders.

Oslo, 31. August es un filme más discreto en lo visual (alejado de la pirotecnia audiovisual de su ópera prima) pero más profundo en lo sentimental. Evita el cliché y el melodrama  barato para mostrar a un frustrado antihéroe empeñado en autosabotearse y traicionar a los que lo quieren. Su fotografía es elegante, discreta, lucidora, con una paleta de grises y una iluminación natural que se muestran paralelas al mood del personaje. Estamos ante una obra intimista y depresiva que ejemplifica como pocas los dilemas existenciales del adulto que ha dejado de ser joven, que el tiempo lo ha alcanzado y se siente frustrado por no alcanzar las metas que la sociedad le tiene trazadas. Trier plantea la pertinencia de vivir, de existir, pero también el hecho de, conscientemente y por libre albedrío, dejar de hacerlo.

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b a n l i e u e s

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La Haine / Mathieu Kassovitz / Francia / 1995

El cine como vehículo para la crítica social, para la denuncia de problemáticas actuales y tangibles, un medio para la contraposición de utopías y realidades. El cine como un privilegiado aparato audiovisual con el poder de alcanzar (e influenciar) a un público (audiencia) determinado generando radiografías con la capacidad de estudiarse y suscitar diagnósticos, posturas, o incluso posibles soluciones. Desde el neorealismo italiano y las propuestas de la posguerra al cine mas radical de Godard y las contraculturas (pasando por el avant garde, el underground, o el cine experimental) la búsqueda por traspasar (difuminar o violentar) la cuarta pared para convertir al cine no en un reflejo de la realidad (o una realidad ficticia) sino en una realidad virtual ha dado pie a un sinnúmero de cineastas, corrientes y por supuesto filmes que en su carácter innovador, pero polémico e incenciario, han brindado lo mismo esperanza que odio, aplausos y reconocimiento que censura y rechazo.

A principios de la década de los noventa un joven cineasta de nombre Mathieu Kassovitz desarrolló un guión para una nueva cinta basado en una noticia que captó fuertemente su atención: el asesinato de Makome M’Bowole, un inmigrante de Zaire, mientras estaba bajo custodia de la policía. Presentado como un triste accidente, el crimen fue solo un eslabón más de una cadena de abusos y atropellos de la policía francesa contra las minorías raciales, en especial las afincadas en los banlieues. Presentados como un modelo de vivienda utópica para la clase trabajadora estos suburbios parisinos resultaban totalmente lo contrario: un ejemplo de aislamiento topográfico que alejaba a sus habitantes del centro de la ciudad, creando alienación social y privación cultural. Obviamente esta disfuncionalidad arquitectónica generaría problemas mayores como hacinación, desempleo, drogas y violencia.

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De forma ingeniosa el filme de Kassovitz nos presenta una cíclica historia centrada en tres personajes: un árabe, un judío y un africano, todos veinteañeros, habitantes de los banlieues, inmigrantes con marcadas diferencias étnicas y culturales y sobre todo llenos de un odio intrínseco (al que alude el título) que los destinará de forma inamovible a la fatalidad. Desde el inicio se nos presenta de manera recurrente la historia de una persona en caída libre, narrada por uno de los protagonistas, que sirve como estructura narrativa y como dura metáfora de la volatilidad de los banlieues (el mismo cineasta lo llamo a social time bomb). Así, de forma episódica y propulsados por los disturbios (y el asesinato de otro inmigrante) narrados en la primera escena de la cinta, vemos a tres jóvenes deambulando por un París diferente al ensoñador y romático lugar que evocan las postales: una ciudad marcada por la violencia, el crimen, el odio y la desigualdad. Pasamos de un conflicto a otro: venta y consumo de drogas, robo y contrabando, brutalidad policiaca, pleitos entre pandillas, odios raciales, lugares incendiados, conflictos clasiales, la lista parece no terminar.

En el apartado técnico y estilístico la cinta es digna de elogios. Fotografiada a color y después convertida a contrastado blanco y negro privilegia el encuadre, los complejos plano secuencias, la cámara al hombro y el enfoque cuasi documental que lo mismo se presenta hiperrealista que sumamente estilizado. La secuencia del dj en los banlieues, la escena del gimnasio, los enfrentamientos con la policía, el grupo de espaldas frente a la torre Eiffel, el toque surrealista de la vaca, uno a uno Kassovitz y su fotógrafo Pierre Aïm van marcado en el imaginario colectivo una serie de postales difíciles de olvidar. El montaje con footage de los disturbios, la música mezcla de hip hop callejero y reggae (el potente fuck you final a la policía a manos de Bob Marley es inolvidable) y un trio de inigulables actuaciones son la cereza del pastel.

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La Haine presenta una desoladora y desesperanzadora visión del París contemporáneo caracterizado por la segregación social, la inmigración mal controlada, la marginación y el papel poco eficaz del gobierno benefactor. Se habla de una sociedad fallida, de un estado manipulador e ineficaz que basado en un modelo capitalista, se ocupa solamente de unos pocos privilegiados. Una urbe a punto de ebullición por las marcadas diferencias sociales, propensa a disturbios y con una juventud que posee un odio y rencor exacerbado hacia la policía, institución que sirve como ejemplo todos los males que acechan a las minorías.

En 1967 el polémico Jean-Luc Godard presentaba 2 ou 3 choses que je sais d’elle, un filme sobre una distópica realidad en la cual se intercalan la constante ciudad en construcción (símbolo del progreso) con la apatía de la sociedad frente a un gobierno (o una economía gobernante) manipulador y omnipresente que se vale de la publicidad, la señalética y el lenguaje gráfico de los artículos de consumo para crear una falsa sensación de felicidad propiciada por los beneficios del estado. Esta cinta buscaba una utopía pensando en el futuro, donde se podría alcanzar la igualdad social y la esperanza mediante un modelo económico, similar al ideario Marxista planteado en El Capital. La Haine irónicamente ya se ubica (temporal y geográficamente) en esta realidad futura donde podría materializarse esta doctrina, sin embargo ya no hay lugar para la esperanza ni para la añorada utopía. Kassovitz tal vez sin pensarlo, creó una obra potente, pertinente, atemporal, y discursiva que lo mismo resuena en los conflictos sociales de los noventa, en los disturbios suburbanos del 2005 o en los ataques terroritas de este año.

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