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m e r o d e a d o r

maxresdefaultNightcrawler / Dan Gilroy / USA / 2014

Mucho se ha escrito del sueño americano. Otrora utópico ideal, sostenía que en la tierra de las oportunidades cualquier individuo (apoyado por la igualdad y la libertad), mediante el arduo trabajo (con el debido esfuerzo y determinación), podría no solo superarse sino alcanzar literalmente sus sueños (dinero, familia, estabilidad, negocios, etc…). Lamentablemente este anhelo se ha ido trastocando y torciendo, alejándose de su idílica concepción y conviertiéndose, en el mayor de los casos, en una torva pesadilla. Es dentro de esta pesimista y existencialista óptica que Dan Gilroy, experimentado y talentoso guionista (Two for the Money, D.J. Caruso, 2005 y The Bourne Legacy, Tony Gilroy, 2012) hace su salto a la dirección cinematográfica con un relato tan perturbador como realista que haría las delicias de Scorsese en tiempos de su Taxi Driver (1976).

Louis “Lou” Bloom (Jake Gyllenhaal en la mejor actuación de su carrera) es un inadaptado y extraño sujeto, que pasa los días entre su metódica y solitaria rutina, diversos robos y horas navegando en internet. Un buen día, y por azares del destino, se topa con un aparatoso accidente de tráfico y por consecuencia con la antiética prensa amarillista, personificada por un camarógrafo freelance, causándole una fuerte impresión y otorgándole, de golpe, un mar de nuevas posibilidades. Así nuestro antihéroe consigue una videocámara y una radio scanner (para interceptar frecuencias policiales) intentando colarse, paulatinamente (y gracias a su carencia de códigos morales, de respeto por los otros seres humanos, a su proclividad para el chantaje y romper reglas en general) en el competitivo y agresivo mundo de los noticieros televisivos y los reporteros nocturnos (convirtiendose en el nightcrawler del título).

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Lou no tiene empacho en allanar escenas del crimen (incluso en orquestar alguna que otra), en mentir, engañar, manipular o extorsionar, es un sociópata producto de una individualista cultura (y de una aún más individualista sociedad) que cual gigantesco y aberrante monstruo busca alimentarse de las más novedosas, explícitas, agresivas o retorcidas noticias sin importar la procedencia de estas. Irónicamente entre más se hunde en la corrupción más éxito tiene, pasando de alienado don nadie a reportero estrella de un canal de televisión local. El camino ascendente de Bloom no es fácil, conlleva sacrificios (incluso humanos), pérdidas, confrontaciones y la necesidad obsesiva de una trascendencia (social y económica) para que pareciera no importar el camino sino el llegar a ella. El fin justifica los medios pareciera ser el lema del personaje.

Gyllenhall no solamente transformo su apariencia (se sometió a un radical cambio de look que incluía bajar más de 10 kilos y perder masa muscular) sino amplió su rango actoral priviliegiando las gesticulaciones y el lenguaje corporal, logrando transmir exitosamente la psique de un complejo personaje que en otras manos correría el peligro de parecer una caricatura. El Lou de Gyllenhall es perturbador, terrorífico, no por el peligro que pudiera representar físicamente (pareciera que el leit motiv impuesto por Hollywood es músculos y tamaño) sino por el veraz reflejo que brinda de un peligro real, en que está entre nosotros. Desde la modulación de su voz hasta el creciente (y apreciable) halo de confianza que va desarrollando al ganar prestigio laboral dan cuenta de la compenetración y comprensión del personaje por parte del actor, siendo esto una de las claves del éxito de la cinta.

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Gilroy dirige con solvencia y mano firme. Lejos de parecer amateur o de obviar la condición del filme de ópera prima resuelve eficazmente el planteamiento narrativo filmando con el ritmo apropiado las escenas de diálogo (haciéndolas verosímiles e interesantes), con una dinámica edición las escenas de acción (principalmente persecuciones automovilísticas) o con un atinado control del espacio y tiempo en las tensionantes escenas de suspenso (ver el allanamiento a la escena del crimen). El trabajo de fotografía de Robert Elswit (frecuente colaborador de Paul Thomas Anderson), es discreto y alejado de pirotecnia y pretensión, convirtiéndose también en un vehículo narrativo visualmente mas cercano a Michael Mann (Thief, 1981) que a Nicolas Winding Refn (Drive, 2011). Nightcrawler es un metódico, poderoso y perturbador filme que de forma valiente desentraña y manifiesta los antivalores de una egoísta sociedad con una terrible obsesión mediática y una latente deshumanización.

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