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c a r m e s í

Crimson Gold1-New Yorker Films

Talaye Sorkh (Crimson Gold) / Jafar Panahi / Irán / 2003

El encuadre es severo y al parecer inamovible. Un claustrofóbico close up de una puerta que da a la calle nos permite percibir (a nuestro alrededor y casi exclusivamente off screen) que se está llevando a cabo un atraco. En la calle, nervioso un individuo (junto a su motocicleta) espera a su cómplice. De forma casi imperceptible la cámara realiza un travelling hacia adelante dejando la acción del robo prácticamente fuera de cuadro, cobrando importancia las reacciones tanto del secuaz como de los curiosos y peatones. El asalto sale mal, el propietario del lugar activa la alarma cerrando la puerta de seguridad y el criminal acorralado no tiene más remedio que terminar el frustrado crimen de la peor manera. Esto solamente son los portentosos primeros tres minutos de un cíclico filme, que, in crescendo, da cuenta de la realidad social iraní: la discriminación, la falta de oportunidades, la represión e intolerancia de un régimen (República Islámica) castrante e impositivo.

El cuarto filme de Jafar Panahi lo consolidó como uno de los cineastas más propositivos a nivel mundial y al mismo tiempo lo convirtió en un enemigo para su país. El gobierno Iraní impuso una fuerte censura a la cinta y ordenó suprimir varias escenas (lo cual estropería el filme, dando un resultado totalmente diferente al buscado por Panahi). La negativa lo puso en el ojo del huracán y generandole un sinfín de problemas que solo se han ido incrementando hasta la actualidad. La razón es simple: los hiperrealistas personajes de sus cintas son tan auténticos y tangibles que duelen, sus situaciones identificables. Pone en evidencia las contradicciones y absurdos de un régimen que no comprende y cuya ideología no comparte. Sus filmes van más allá de la denuncia, ya que no juzga ni toma partido. Retrata con un ojo clínico y desmenuza. Es tarea del espectador entender e interpretar lo que sucede. Su cine es un ejercicio interactivo de una riqueza encomiable.

La historia es tan simple (en apariencia) que podría pasar desapercibida. Un repartidor de pizzas (de nombre Hussein, veterano de la Guerra de Irak y al parecer con padecimientos mentales producto de sus años de servicio) transita escuetamente por las calles de Teherán. Convive con su cuñado (otro repartidor de pizzas extrovertido y parlanchín) con el que además de pasar el tiempo comete robos pequeños (bolsos y dinero, principalmente a mujeres). La acción transcurre lenta y al parecer inocua. Lo más atractivo pareciera es el robo con el que inicia la cinta (después del cual nos transportamos dos días antes del crimen, en una interesante y enriquecedora narrativa cíclica) y la curiosidad por ver cuales fueron los detonantes que llevaron a un simple individuo a cometer un terrible (y fatal) delito.

Panahi estructura el filme en pocos episodios en los cuales va desvelando pistas no solo sobre la atribulada mente del protagonista (que cabe mencionar es parco y adusto recayendo su actuación en su físico inexpresivo, lo cual genera un interesante enigma que resulta atractivo y atrayente para el espectador) sino sobre la situación social y política de su país. En un escena es aleccionado por un hombre sobre la ética que presuntamente deben tener los ladrones, en tres más lo vemos realizar entregas de pizzas con distintos resultados (a un departamento de clase media, a un barrio de clase alta cercado por la policía y a un elegante edificio de lujo con un peculiar habitante), en otro par asiste a una elegante joyería siendo siempre discriminado, y solamente en una lo vemos a solas en su habitación.

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Con un guión de Abbas Kiarostami (colaborador, mentor y amigo de Panahi) la depresiva historia de un individuo común adquiere matices trascendentales, donde cada detalle va cobrando importancia al tiempo que nuestro protagonista parece estar a la deriva. Lo vemos recibir dinero (por lástima) de manos de un excompañero de guerra, lo vemos ser maltratado por la fuerza pública (y en vez de responder de forma agresiva les regala pizza a los oficiales), lo vemos ser discriminado y humillado por un joyero, o simplemente ser ignorado por un rico yuppie que si bien es el único que lo trata con equidad no tiene ningún interés en él como persona.

Crimson Gold es un filme de lecturas y relecturas, de reflexión, de masticarse (y rumiarse) por largo rato. Antítesis de las cintas norteamericanas aquí la narrativa es mas implosiva que explosiva y transita exitosamente por los derroteros del realismo. Cabe mencionar que el rodaje fué un infierno, ya que en la búsqueda de Panahi por alcanzar la mayor veracidad posible (escenarios reales y actores amateurs que muchas veces tienen la vida que reflejan en la pantalla) contrató a Hossein Emadeddin como protagonista (repartidor de pizzas y exveterano de guerra en la realidad) quien al parecer sin conocimiento del cineasta, sufre varios padecimientos mentales (paranoia, esquizofrenia y ataques de ira entre otros) y en no pocas ocasiones escapó de la filmación, destruyó material y equipo, atacó actores y crew, más otras curiosidades que no es pertinente nombrar. Otro punto para el iraní en cuya cinematografía (emulando a la de Kiarostami) cada vez es más delgada la línea entre realidad y ficción.

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