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Koolhaas Houselife /  Ila Bêka & Louise Lemoine / Francia / 2008

La arquitectura es la única de las disciplinas artísticas que puede, y debe, ser mesurada (desde un punto crítico esto es) de acuerdo a parámetros estéticos, artísticos, prácticos y técnicos. A diferencia de la pintura o la escultura (o prácticamente todas las demás) aquí el talento y la creatividad, pero también el egoísmo y arrogancia, del creador están supeditados al usuario, quien otorga ese sentido práctico a la creación y se convierte en sujeto generador de la arcaica y eterna disputa entre forma y función. 

Jean-François Lemoine fué un importante, influencial y prestigiado editor periodístico que tras un desafortunado accidente quedó confinado a una silla de ruedas (y a crónicos y degenerativos males que terminarían con su vida). El temor de Lemoine a sentirse inútil y recluido lo llevó a la idea de comisionar una edificación que no solamente brindara comodidad y accesibilidad a su ya complicada existencia, sino dignificara (y en cierta forma ocultara) su salud y discapacidad. Un solar al pie de una colina, en una zona boscosa a las afueras de la ciudad de Bordeaux, fungiría como idílico escenario para la casa y la autoría recaería, ni mas ni menos, que en Rem Koolhaas uno de los arquitectos más reconocidos (y polémicos, y hype, y superestrellas) de la actualidad. La posterior Maison à Bordeaux terminada en 1998 se convertiría en una de las obras emblemáticas del arquitecto holandés añadiendo un cúmulo de premios, reconocimientos y portadas de revistas a su ya envidiable resume.

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Koolhaas Houselife se presenta como un documental sui generis. Tanto en su estructura narrativa, como en el tono, como en la información que nos muestra, como en su mise-en-scène. Aquí se prescinde del carácter reverencial o académico de la mayoría de estos trabajos (si la obra arquitectónica es de un personaje reconocido y ha sido multipremiada, multifotografiada y alabada pues ensalcémosla aún más) y la aproximación es mas bien lúdica. La escena que da inicio a la obra da muestra de ello: en un primer plano Guadalupe Acedo (la señora de origen español, que pareciera arrancada de una comedia almodovariana, encargada de la limpieza y faenas de la casa) mira franca y orgullosa a la cámara, sus manos empuñadas a la cadera a manera de superheroína marveliana, a su lado un arsenal de utensilios de limpieza y a sus pies una plataforma hidráulica que se eleva portentosa sobre los tres niveles de la casa. El movimiento pareciera en cámara lenta y la épica (y triunfal) música de fondo es un fragmento de una pieza de Johann Strauss, el primero de una serie de guiños astutos y perversos al 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, USA,1968). A partir de aquí no hay vuelta atrás.

La premisa es ingeniosa tal como la estructura narrativa. El documental se presenta como un recorrido preciso e incisivo de la casa en cuestión, no desde el punto de vista del arquitecto, no desde el punto de vista del usuario rico que habita solo por temporadas cada vez mas esporádicas, no desde el punto de vista del académico vanagloriando la obra; sino del punto de vista del usuario último, quien habita, conoce, experimenta y sufre la edificación: la mujer del aseo. Así de la mano de la madura señora Acedo (quien al principio resulta escueta, parca y discreta, y poco a poco se desvela como un personaje crítico, incisivo, práctico y simpático) vamos recorriendo la vivienda y conociendo no solo las maravillosas panorámicas y creativas soluciones espaciales (y técnicas) sino también las implicaciones en cuanto a mantenimiento, habitabilidad y practicidad. La estructura narrativa merece mención aparte: la cinta se divide en 24 segmentos breves, separados por fade outs a negros y con un soundtrack que recordara el punchline de un sitcom; cada uno con un título que a veces se refiere a una pregunta, a veces a una respuesta, otras a un elemento constructivo y unas mas a un comentario puntual.

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¿Qué se siente vivir en una obra maestra de la arquitectura diseñada por uno de los grandes arquitectos contemporáneos? La respuesta pareciera venir acompañada por la señora Acedo frente a la cámara, y por Louise Lemoîne (hija de Jean-François Lemoine) quien además de habitar en el pasado la casa ahora dirige con mano firme el documental; y así mientras circulamos entre abiertas habitaciones, paneles deslizables, gigantescas cortinas, espléndidas visuales, escaleras minimalistas, rampas hidráulicas y kilómetros de estanterías (recordándonos no en pocas ocasiones a la Villa Arpel del Mon Oncle, Jacques Tati, Francia, 1958) nos topamos con problemas de humedades, filtraciones, errores constructivos, errores proyectuales, y en algunos casos condiciones físicas deplorables, que humanizan a la otrora intocable maravilla.

La Maison à Bordeaux, hoy en día convertida en una atracción turística, aquí es dimensionada brindando una perspectiva diferente a la creación arquitectónica, y una noción de fragilidad y falibilidad al genio creativo. Koolhaas Houselife se convierte en una divertida y crítica cinta, a veces transfigurada en comedia de errores, que demuestra que la forma no siempre sigue a la función.

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