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p a i nYfqJcfEoRaRp41zOkDku4ZAKyMDownloading Nancy  / Johan Renck / USA / 2008

El hecho de publicitar una cinta con la leyenda “basada en una historia real” además de pretencioso es autocomplaciente. Como si al anteponer esta aseveración descartáramos inmediatamente cualquier juicio crítico sobre el filme colocándolo en un intocable nicho de realismo histórico, en que las actuaciones por malas o deficientes siempre resultarían realistas y la historia aunque sosa y manipulada se convertiría ipso facto en un dogma de fé. El truco aquí yace en la dramatización de las historias. El volcar una vida, o un fragmento de ella, en 90 minutos de duración, atrayentes, interesantes, dramáticos y cautivadores, nos lleva muchas veces a la generación de argumentos que encajarían más dentro de la ficción narrativa que en la descripción histórica. Además, aunque con pertinentes y en ocasiones muy logrados trabajos de caracterización y maquillaje, hay que tener en claro que no es lo mismo el individuo de la casa de al lado que una celebridad de Hollywood, y que, por mas  que se luche contra ello, en la mayoría de los casos, este aire de belleza, glamour y frivolidad permea a las historias de artificialidad y poca credibilidad.

El sueco Johan Renck, tras su breve paso por el estrellato musical (como un one hit wonder noventero con su proyecto Stakka Bo), se traslada detrás de las cámaras para dirigir primero videoclips y después seriales televisivos. Su atinada manufactura le atrajo notoriedad, gracias especialmente a tres capítulos de la aclamada Breaking Bad. Para su debut fílmico decide rescatar una polémica historia de la nota roja que se convertiría en precedente de los crímenes violentos a través del contacto por internet: Sharon Lopatka era una ama de casa promedio en un suburbio de Baltimore. Aficionada al internet, aunado al descontento con su sofocante vida matrimonial y depresiva existencia, se convirte en asidua a foros y chats sobre fantasías sexuales y pornografía, degerando al poco tiempo en sadomasoquismo al grado de buscar a un hombre que tras torturarla, la asesinara. Un buen día conoce a Robert Glass, un apocado analista computacional, que acepta convertirse primero en su verdugo virtual y después en su asesino real. En este caso la realidad supera a la ficción y el cruento crimen consensual serviría para despertar la alerta del peligro latente de la comunicación en la web.

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En teoría la cinta de Renck contaba con todos los elementos para convertirse en un filme de culto: una historia compleja, polémica y actual, violencia sexual a manera de escape de las crisis existencialistas, un reparto de estrellas de cine con credibilidad en círculos festivaleros, un sólido guión, un director/músico con una corta pero propositiva trayectoria, un muy esperado debut en el festival de Sundance, olas de hype, y la cereza en el pastel: la inclusión del afamado y respetado Christopher Doyle como director de fotografía. Lamentablemente, desde su estreno, se convirtió en un sonado fracaso, saliendo literalmente por la puerta de atrás en Sundance (ante sonoros abucheos y ningún distribuidor interesado) y generando polémica por doquier; con un cuadro actoral defendiendo a capa y espada el producto, y un director confundido con la contundente respuesta de la audiencia.

El problema tuvo, principalmente, tres aristas: primero, el atractivo físico de los actores. Aunque la actuación de Maria Bello es intachable (e incluso demandante a un grado superlativo para cualquier actriz aún experimentada) es difícil creer que una mujer con esa personalidad y belleza pudiera estar al margen de la depresión y tendencias suicidas, mucho menos obsesionada por el oscuro mundo de las perversiones por internet. Jason Patric, de nuevo ofreciendo una encomiable actuación, es muy atractivo, varonil y elegante para personificar a una acomplejada rata de biblioteca, situación que resta credibilidad a una historia por demás intensa. Segundo, el estilo. La elección de una estructura narrativa fragmentada y no lineal, con un puntual y minimalista score (a cargo del mismo director), y una fotografía en tonos fríos y deslavados (azules, grises, blancos, que sirven como reflejo de la gélida emotividad de los personajes, dando cuenta de forma visual y artística, de su desgano existencial) buscaban poner énfasis en lo emocional por sobre lo racional, superponiendo el efecto psicológico al cronológico. Desgraciadamente el estilo sobrepasa a la sustancia creando una barrera entre actor y espectador, lo que además de restar efecto catártico, nos convierte en voyeurs morbosos y no en partícipes activos de un desgarrador drama contemporáneo. Tercero, el basar una campaña publicitaria en el factor polémica (the most controversial film you will see this year) y en el factor basado en hechos reales. Al final el resultado no es tan fallido como pareciera, ni el filme merecedor de tanto oprobio. Los hermanos Chapman solían decir que a veces es mejor causar repulsión, o shock, que tener a una audiencia indiferente, de cierta manera esta frase podría hacer justicia a la cinta.

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metamorphosisUpstream Color 01Upstream Color  / Shane Carruth / USA / 2013

El norteamericano Shane Carruth sorprendió a propios y extraños con Primer, su opera prima, en el 2004. Un ingenioso y complejo replanteamiento de los viajes en el tiempo, con tan solo dos actores, una por demás creativa y cautivante historia, una economía de efectos especiales, un presupuesto irrisorio (alrededor de $7,000 USD) y un vasto arsenal de conocimiento técnico y científico fruto de su formación como matemático.

Después de un largo lapso en que supuestamente estaba trabajando en otro ambicioso filme, Carruth regresa con Upstream Color, una obra por demás opuesta en estilo, sensibilidad, estética, temática y alcances a su anterior cinta pero que lo pone de nuevo en el rol de escritor / productor / actor / director / musicalizador / fotógrafo y editor. Este filme que se podría definir con la palabra hipnótico, es una estimulante, estilizada y expresiva obra de cinematografía experimental, que alejada de los convencionalismos comerciales propone (y exige) toda una experiencia sensitiva.

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Explicar qué es Upstream Color no es tarea fácil: un filme de horror corporal a lo David Cronemberg, un poema porcino, una meditación sobre botánica, una pretensiosa y desconcertante reflexión no muy alejada del The Tree of Life (Terrence Malick, 2011), un extraño viaje arrancado de una pesadilla, una surrealista y espiritual historia de amor, o una video instalación basada en un complicado montaje: la edición es tan vertiginosa que no hay escena que dure más de un puñado de segundos, la iluminación es difusa y añade una desorientadora sensación, el score (principalmente sonidos incidentales) se reduce a notas sostenidas del piano en una hipnótica procesión arritmica.

La historia es igual de ilógica y confusa: una joven es asaltada por un extraño criminal que la obliga a ingestar una especie de gusano alterado genéticamente, gracias a esto es privada de sus facultades (suerte de manipulación mental) y le son vaciadas sus cuentas bancarias. Después, tras deambular entre surreales personajes y bizarros experimentos (varios de los cuales incluyen cerdos), conoce a un tipo por el que se siente atraída y quien parece vivir una situación similar. La convivencia (con crípticos diálogos e incomprensibles acciones) lleva al enamoramiento y de paso a plantear una reflexión sobre la identidad, el significado de la vida y la búsqueda por solucionar el caos existencial. Una tomada de pelo, un filme que resulta inclasificable por lo artístico o pretensioso, un trabajo que requiere múltiples acercamientos y revisitaciones, una obra de arte; tal vez todas o ninguna de las anteriores, lo cierto es que Upstream Color es una verdadera experiencia en la que vale la pena participar.

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