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f***ed up

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The Doom Generation / Gregg Araki / USA / 1995

Plena década de los noventa, Nirvana y Pearl Jam en la radio, explosión alternativa en Mtv. Los cinéfilos de la Generación X encontraban, supuestamente, un eco a sus inquietudes existencialistas en cintas como Singles (Cameron Crowe, 1992) o Reality Bites (Ben Stiller, 1994) que contraponían caras bonitas con situaciones irónicas y complejas, derivadas de la cínica y apática psique propia de la época, orquestadas a ritmo de grunge. Por otro lado Richard Linklater (iniciando con Slacker, 1991; y sus subsecuentes trabajos), Jim Jarmusch, Hal Hartley, o incluso Wes Anderson y Noah Baumbach, presentaban una oferta alternativa, dirigida a una juventud diferente, alejada de las etiquetas y modas, experimentando visual y temáticamente en el camino: los misfits, outsiders, slackers, rechazados o simplemente diferentes.

Gregg Araki apareció en el panorama cinematográfico allá por 1987 con controversiales cintas de bajísimo presupuesto que combinaban a una juventud nihilista, con temática gay y situaciones hiperviolentas. Para 1993, ya con cierto renombre en la escena underground y un poco más de credibilidad y presupuesto, inicia una trilogía llamada Teenage Apocalypse Trilogy, suerte de road movies que ponían de manifiesto sus inquietudes. La segunda, y más lograda, de estas cintas fué The Doom Generation, una polémica historia posmoderna comercializada como una película heterosexual de Gregg Araki, con tres atractivos protagonistas (James Duval, Rose McGowanJohnathon Schaech), una fuerte carga sexual, bizarras situaciones, psicotrópicos sets (que de cierta manera recuerdan al A Clockwork Orange de Stanley Kubrick de 1971) y un soundtrack centrado en los etéreos sonidos de la disquera 4AD, la melancolía de los Smiths y el ruido post punk de los Jesus and Mary Chain.

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La película, a manera de road movie y con fuertes similitudes a otras dos películas emblemáticas de la época (Natural Born Killers, Oliver Stone, 1994 y True Romance, Tony Scott, 1993; ambas firmadas por Quentin Tarantino), inicia con dos personajes (él y ella) en plena búsqueda de un destino incierto. Hastiados de la vida, son depresivos teniendo como única forma de comunicación el acto sexual. Un buen día conocen a un tercero en discordia, un hipersexualizado y nihilista personaje que sirve como detonante de los deseos y fantasías sexuales de la pareja, fungiendo como role model para el tímido Jordan y como objeto de odio/amor de la (no muy) reprimida Amy (una especia de reinterpretacion del Teorema de Pier Paolo Passolini, 1968). Los tres inician asi un viaje sin referencias geográficas por moteles, supermercados, gasolineras, antros underground, bodegas y graneros salpicado de una violencia que raya en lo gore (aunque es muy explícito, Araki filma de forma exagerada, reminiscente del comic). De esta manera el filme se estructura alrededor de una serie de encuentros sexuales que inician con los dos personajes y van mutando en vouyerismo, masturbación y masoquismo, para culminar en un threesome que de cierta manera da sentido a la cinta y que abruptamente muta en el desquiciante, violento y feroz final que nadie veíamos venir.

Desde el cuidado diseño de arte y paleta cromática se observa que el interés de Araki está en lo que sucede tras cuatro paredes: en las recámaras, baños y espacios cerrados. Esta interacción, que privelegia la acción y la química corporal entre los personajes, lleva al diálogo al plano de lo ridículo y burdo. El lenguaje, en especial de Amy, es obsceno y vulgar utilizando frases que ahora son de culto por los fanáticos del director: “eat my fuck”, “I feel like a gerbil smothering in Richard Gere’s butthole”, o “you’re like a life support system for a cock!”. La música es otro aspecto en que Araki pone especial énfasis, sus personajes la escuchan y la viven (y de paso hacen las delicias de los melómanos): en una escena citan al Unlovable de los Smiths, en otra Amy toma con admiración la compilación de los tres álbumes de This Mortal Coil, y en otras más aparecen cameos de personajes como Perry Farrell o los Skinny Puppy.

The Doom Generation sirve como pretexto audiovisual para una exploración metafórica de la sexualidad en la última década del siglo XX, para una radiografía de la violencia social y mediática (los personajes matan, mutilan y desmiembran sin remordimiento alguno, pero en la única escena de humanidad del filme se preocupan por un perro), y para un radical, personal y político filme de un director en la cima de sus poderes creativos. 

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