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oh l’amour

Io Sono L’Amore / Luca Guadagnino / Italia / 2009

Milán, Italia, tiempo presente. La acaudalada y burguesa familia Recchi está a punto de ofrecer una opulenta cena familiar. La sede: la magnífica villa Recchi, hogar del empresario Tancredi Recchi (padre de la dinastía) y de su esposa la sofisticada, discreta y gélida Emma. El portentoso espacio arquitectónico entre castillo renacentista, sofisticado museo y opresiva cárcel es surcado por hordas de meseros, sirvientes, chefs, y demás personal doméstico que preparan el evento. La cámara, como si estuviera consciente del ajetreo, se dedica a espiar a todos. Como una suerte de vouyerista sigue a unos y a otros, transita por pasillos, se escabulle en espacios interconectados y flota con libertad. La puesta en escena es compleja y sofisticada, la fotografía también. De repente un tracking shot gira 360°, luego se eleva, se mueve en picada y se convierte en un plano cenital, enmarcando la compleja sinfonía de sincronizados movimientos con acordes de John Adams, el color es apabullante. 

Corte, vemos el exterior, pareciera un contrastado blanco y negro, pero no, es la negrura de la noche en contraposición de lo blanco de una tupida nevada; corte, de regreso adentro, saturación de brillante color y ruido; corte, afuera, silencio y grisura.

Apenas podemos respirar de tan abrumadoras visuales cuando nos plantamos en la mesa, empezamos a entender el rol y el parentesco de cada uno de los comensales. A la cabeza el patriarca, Edoardo, abuelo del clan y fundador de una de las compañías textiles más importantes de Italia. Por medio de gestos, movimientos, lenguage corporal, empezamos a conocer las dinámicas familiares: hipocresía, mentira, desengaño, tensiones. Nos enteramos que la verdadera causa de la cena no es la celebración del cumpleaños del anciano, sino enterarnos que está enfermo y delicado y, aún más importante, que está a punto de nombrar a su sucesor. Lo que deviene es toda una tragedia que pondría verde de envidia a William Shakespeare y a temblar a Eurípides con todo y sus diez tragedias.

Io Sono L’Amore  no es solamente un telenovelesco filme sobre familias disfuncionales o un melodrama lacrimoso dispuesto a embolsarse unos óscares. El filme de más de dos horas de duración es una celebración de los sentidos. Se podría decir que podemos palpar las texturas (en una escena en particular en que Emma camina por el monte y se congenia con la naturaleza o en el cuidado vestuario cortesía de Jil Sander y Fendi), oler los alimentos, paladearlos, regocijarnos con los colores y escuchar el contraste entre sonido ambiental amplificado (a lo Robert Bresson o Bruno Dumont) y vanguardistas sinfonías (el filme se basa y estructura en las composiciones de John Adams).

La disolución del núcleo familiar, la descomposición de las instituciones, la crítica a la economía y a la burguesía, van de la mano con la evolución del personaje eje y catalizador de la trama: Emma (una espléndida Tilda Swinton), que junto con nosotros empieza a descubrir toda esa gama de sensaciones que tenía sepultados bajo su perfecta apariencia. Sus contrastes y su final explosión sensible son registrados con una eficiente y preciosista fotografía junto a una musicalización in crescendo. La escena final es puro lirismo: mientras la música se acelera, se incrementa el drama, los silencios, las preguntas, los reproches, hasta un llegar a un límite insostenible.

Pretencioso, ostentoso, maniqueísta y manipulador se vale de rescatar, en lo visual, lo más rico de la nueva ola italiana de los sesentas y setentas: la elegancia y opulencia burguesa de Luchino Visconti, el despliegue y complejidad técnica de Michelangelo Antonioni y la acidez y desenfado de Pier Paolo Passolini. Pero también muestra una influencia de inclasificables directores posmodernos como Arnaud Desplechin o Maurice Pialat.

El filme se siente clásico pero contemporáneo, barroco pero sustancial. Se siente la mano firme de un auteur en proceso (Luca Guadagnino), que con atrevimiento deconstruye el género de saga familiar y crea un arriesgado discurso cinematográfico. Al final lo único que importa es el amor….yo soy el amor…..

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