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la magie du cinéma

Hugo / Martin Scorsese / USA / 2011

El 2011 fué un año repleto de contrastes y sorpresas, en el que curiosamente algunos de los comunes denominadores fueron el homenaje a los inicios de la industria cinematográfica (en particular el cine mudo francés), la adaptación de libros serios o clásicos, y el uso (y abuso) de la tecnología. Mas curioso sería que un consagrado director norteamericano, con una sólida reputación como uno de los enfants terribles del cine hollywoodense de los setentas, conjugara estas tres tendencias en un filme que en apariencia es diametralmente opuesto a los que realizara en el grueso de su trayectoria.

Martin Scorsese debutó por allá de 1968 con el primero de una serie de filmes, muchas veces con tintes autobiográficos, situados en grandes urbes (su amado New York en la mayoría de ellos), con constantes temáticas como la identidad americana (él es hijo de inmigrantes italianos), la culpa y el perdón (motivados muchas veces por la religión), la violencia, y el crimen; y con constantes estéticas como un depurado tecnicismo (complejos e interminables planos secuencia, impecables travellings), fotografía deslavada, sucia y urbana (influenciada por el cine independiente y underground de los sesentas y setentas), y guiños no exentos de romanticismo al expresionismo alemán, al cine clásico de Hollywood, al más puro film noir y a sus venerados Michael Powell y Emeric Pressburger.

La cuestión ahora es: por qué Scorsese se aleja de su cine negro, de sus gangsters, mafiosos, violencia y problemática urbana, y se enfoca en un delicado filme infantil, situado a principios del siglo XX, que para rematar está filmado con una tecnología que se asocia más al mero entretenimiento y la búsqueda económica que al cine serio y de ambiciones artísticas.

Para entender un poco mas esta interrogante es preciso saber quien es Hugo Cabret, quien es Brian Selznick y mejor aún, porque la tecnología del 3D pudo llamar la atención de Scorsese.

Brian Selznick es un joven escritor e ilustrador norteamericano ganador de varios respetables premios, especializado en historias infantiles, con una pasión muy peculiar por la estética maquinista (ideología mecanicista incluida) del siglo de las luces, por la magia y el ilusionismo, y muy en especial por el cine, principalmente sus inicios. Esta pasión lo llevaría a escribir por allá de 2007 The Invention of Hugo Cabret, una de sus más aclamadas publicaciones, que mezcla lúdicamente fantasía con realidad en su historia, e imagenes y letras en su forma. En este libro se narran anécdotas reales de los inicios del cine, tomando como eje central a ese genial pionero del cine francés que fue Georges Méliès, y lo relaciona ingeniosamente con un brillante e inquieto huérfano y un autómata descompuesto. 

Es pertinente añadir que no es la primera vez que Scorsese voltea su mirada descaradamente al cine clásico (ya lo había hecho con buenos resultados en The Aviator de 2004) y desde este punto de vista resulta de cierta manera lógico que la la historia de Selznick, le llamara la atención. También es importante tomar en cuenta que la técnica ha jugado un rol importante en su cine, tanto en el formato que utiliza al fotografiar, como en el equipo utilizado al grabar y en la tecnología de la sala de edición. Otro punto importante es que varios cineastas serios se interesaron por los alcances de la tecnología 3D, tomemos el caso de Werner Herzog en el documental Cave of Forgotten Dreams en el que se da a la tarea de explorar las cuevas de Chauvet, Francia, que contienen sendas pinturas rupestres testimonio de culturas prehistóricas. En palabras de Herzog la idea de utilizar el 3D fue para “capturar las intenciones de los pintores” y no para llenar salas de cine con una manipuladora y maniqueísta técnica. Con generosos resultados también encontramos el documental Pina de otro alemán, Win Wenders, que utiliza esta tecnología para mostras las glorias de la danza contemporánea llena de movimiento, color y deleite estético. Scorsese, en este caso, se interesa más en los alcances de la tecnología que en ella misma: se enfoca en crear atmósferas, ubicando al espectador dentro del filme, situación que se pone de manifiesto con el espléndido planosecuencia inicial que abre la película y que nos lleva desde una vista aérea de la Ciudad de la Luz hasta el close up de un reloj de la estación de trenes, con recorrido entre los andenes incluído.

En cuanto al filme podríamos estar horas hablando de él. Su ambientación es destacable (París en la década de los treinta), tal vez desde Le fabuleux destin d’Amélie Poulain (Jeunet, 2001) no se tenía un acercamiento tan preciosista (casi de cuento de hadas) a la hermosa urbe; la música nos lleva de la mano sin ser manipuladora o excesiva como sucede en muchos filmes de corte infantil, las actuaciones son entrañables y el ritmo gozoso.

Aquí vemos a un joven huérfano cuya única compañía es un destartalado autómata, que vive entre las paredes de la estación de trenes de París y se da a la tarea de tener funcionando la compleja maquinaria de los relojes para que su refugio no sea descubierto. Entre sus andanzas se topa con un viejo y amargado juguetero que parece guardar más de un secreto y que de alguna manera puede ser la clave no solo para la reparación del autómata en cuestión sino para saldar cuentas pendientes con la memoria de su padre. Pero lo mas interesante aquí es el tributo al cine, como la historia empieza a girar alrededor de la invención del cinematógrafo, y la magia en torno a él. Cuando el acto de hacer cine era cándido, inocente, juguetón y apasionado, y la gente realmente creía en el entretenimiento y el arte. 

Es un gozo encontrar aquí imágenes de los primeros cortos de los Lumière (La Sortie de l’Usine Lumière à Lyon L’Arrivée d’un Train en Gare de la Ciotat), velados tributos a Jean Renoir y Jean Vigo, fragmentos de filmes clásicos de grandes actores como Buster Keaton, Louise Brooks, Charles Chaplin o Valentino, y obviamente el mayor tributo a Méliès en la historia del cine. Hugo, así, es mucho más que un buen filme infantil, mucho más que tal vez la mejor película de ficción que se halla realizado en 3D y mucho más que una fábula de crecimiento y madurez, es un regalo a todos los amantes del cine, a todas las personas que quisimos estar ese 28 de Diciembre de 1895 en el Salon Indien du Grand Café de Paris, y a todos los que hemos reído y llorado frente a una pantalla gigante. Merci Monsieur Scorsese, Merci Monsieur Méliès…

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