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Road to Nowhere

Meek’s Cutoff / Kelly Reichardt / USA / 2010

Estados Unidos, 1845. Un grupo de emigrantes busca establecerse en el inóspito y salvaje oeste persiguiendo el incipiente sueño americano: oro, tierras y prosperidad. La tarea no es fácil, tendrán que atravesar muchos kilómetros de desierto, hay indios salvajes escondidos por doquier y existe el peligro latente de perder no solo el rumbo, sino la vida. Así, y buscando ampliar las posibilidades de un viaje exitoso, contratan como guía a Stephen Meek, un rudo y experimentado aventurero, quien los llevará a Oregon en tiempo record, a través de una ruta ideada por él mismo (el cutoff del título). La tarea no es nada fácil, el trayecto resulta accidentado (cobrando muchas vidas) y daría cabida a un sinfín de leyendas.

Tomando como punto de partida este hecho histórico la norteamericana Kelly Reichardt, desarrolla su último y mas logrado filme: Meek’s Cutoff. El trabajo de la Reichardt, por lo menos en sus tres anteriores producciones, se presentaba lento, contemplativo, minimalista. Un cine de tintes existencialistas, en el cual el argumento seria un mero pretexto para el desarrollo de los personajes: seres alienados, complejos, afectados por su entorno y por las vicisitudes del destino, en constante búsqueda (muchas veces sin rumbo fijo), anclados en el aqui y el ahora. Por lo tanto, el basarse en un hecho real, situar a los personajes en un lugar y tiempo determinado (diferente al presente) y atarse a un género (western) sonaba como todo un reto y un rompimiento con su producción anterior. 

Desde sus primeras escenas el estilo anterior de Reichardt no se extraña, se exige paciencia y se invita a la contemplación. Vemos a detalle el lento y doloroso paso de los convoys, a los personajes realizar actividades cotidianas, y se toma bastantes minutos, sin diálogo alguno, para situarnos y empaparnos de la vida y las dinámicas de estos viajeros. Mediante atmósferas y texturas, y algunas breves conversaciones a manera casi de susurros, nos enteramos de los roles de los personajes y vamos descubriendo sus miedos, motivaciones y esperanzas. No será sino hasta la aparición de un extraño personaje, cuando la historia toma un giro inesperado, no solamente argumental sino de desarrollo de los personajes, y la directora aprovecha para crear una parábola sobre el racismo, dando un toque de magia y peligro a la historia. De paso aprovecha para hacer un fuerte comentario feminista y jugar con la mitología y clichés del western y las historias de los nativos americanos. En cuanto a estilo tiene un ritmo lento y contemplativo, la fotografia en paleta de anaranjados y cafés, es expresiva y expresionista, transitando de la oscura noche al sol incandescente; el sonido es casi ambiental, teniendo una minimalista banda sonora en un puñado de secuencias. Estamos frente a un atípico western, sin principio ni fin determinado, que contrapone a la esperanza con la tragedia y a la sustancia contra la banalidad.

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