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uno de mujeres sin cabeza

La Ciénaga / Lucrecia Martel / Argentina / 2001

Había leído ya sobre Lucrecia Martel, la directora argentina que causó bastante revuelo allá por el 2001 con su ópera prima “La Ciénaga”. Que si era la gran cineasta que el cine argentino necesitaba para resucitar, que si era otro auteur pretencioso y efímero que amarían los críticos y citaran los pseudointelectuales, que si era la versión argentina de Pedro Álmodovar (quién casualmente funge como productor de cabecera desde su segunda película). Y puesto que para poder opinar, y hacerlo de forma objetiva, hay que conocer, decidí conocer. Me dí a la tarea de conseguir la susodicha ópera prima, lo cuál para empezar fué bastante complicado, (conseguirla en dvd es difícil, problemas de distribución..donde habré oído eso….), esperé el día correcto (recordemos que la correcta apreciación de una obra, llámese filme en este caso, depende en gran parte del estado físico, anímico y psicológico del observador) y me dispuse a ver la película.

Lo primero que me llamó la atención es el estilo, Martel sabe crear atmósferas, de una forma tan efectiva que me remitió a David Lynch (cabe resaltar que no en estilo sino en pericia). Utilizando un preciso y eficaz uso de la iluminación y el sonido, somos transportados a una hacienda en las afueras de la ciudad de “La Ciénega”, habitada por un grupo de decadentes burgueses sumidos en la más rutinaria y apesumbrada existencia, rara vez vista en celuloide. El calor es insoportable, húmedo, la tormenta siempre acechando, y la única forma de sobrellevarlo es durmiendo o bebiendo.

El filme abre con una genial escena de un grupo de adultos embriagados asoleándose al lado de una sucia alberca, actúan como aletargados, efecto acentuado por las botellas vacías y las copas en sus manos. Uno de ellos cae sufriendo una herida considerable, mientras los demás sin inmutarse, siguen buscando el sol y alejarse de la sombra. Aquí pasa mucho más de lo que se ve, no solamente presenciamos flojera y hastío, vemos años de decadencia, de falta de ganas de vivir, de tedio, de egoísmo. Tienen que ser los jóvenes los que corren al auxilio, jóvenes que aunque cuentan con la edad y la energía, malgastan el día durmiendo o descansando, siguiendo inconscientemente, y sin oposición, el mismo lástimoso camino de los padres. El sonido es parte escencial de la película, prácticamente carente de score o soundtrack, nos limitamos a escuchar sonidos amplificados: las aspas de un ventilador, el golpeteo de los hielos en el vaso de licor, los truenos en el cielo presagiando la tormenta. Carente también de planos abiertos, vemos una sucesión de close-ups y tomas fuera de cuadro (la mayoría con cámara al hombro) que nos hacen participes de la situación y nos convierten en una especie de voyeuristas de la existencia de estos individuos.

Para el final no hay vueltas de tuerca, ni situaciones redentoras, tampoco asesinatos fortuitos o conclusiones simplonas; lo que vemos es una suerte de metáfora de la decadencia social, una serie de grises caracteres, la mayoría de ellos marcados por cicatrices (durante la película varios personajes sufren accidentes), que no buscan nuestro agrado ni nuestra comprensión, simplemente se dejan espiar por nosotros y nos hacen cómplices de su existencia.

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